Tu rastro.

jueves, 16 de agosto de 2012

CAPÍTULO 18.


Dormimos toda la noche abrazados.  Esta era la mejor sensación del mundo. Pi, pi, pi, pi. El despertador. Las 6:00 de la mañana. Abrí los ojos. Mi cabeza estaba apoyada sobre su pecho. Alcé mi mirada y percibí su sonrisa. Parecía que él llevara un rato ya despierto. Pero no se movió, por miedo a despertarme. No existía alguien en este mundo más tierno que él. Le sonreí y me dio un beso de buenos días.

-Estás preciosa ya de buena mañana. –Dijo acariciándome la cara dulcemente.

-Tú lo estás a todas horas. ¿Qué tal la primera noche durmiendo conmigo? –Le pregunté.

-Peeeerfecta. –Dijo, alargando la palabra con muchas ‘e’ –Lo mejor ha sido que no me he separado de ti ni un momento. ¿Y tú?

-Igual. Creo que hoy no he soñado, porque ya tenía mi sueño en la realidad. –Dije, y me quedé mirando al techo. Hacia arriba.

-¿Qué haces, bebé? –Preguntó.

-Pensar, en lo magnífico que es estar a tu lado.

-No te imaginas lo magnífico que es para mí estarlo. –Me dio un beso en la frente, apartó mi cabeza cuidadosamente de su pecho y se levantó.

-¿Dónde vas? –Pregunté extrañada.

-A prepararte el desayuno y a traértelo a la cama. Te voy a tratar como una auténtica princesa. –Y salió por la puerta.

¿Podía pedir algo más? Cada día era más perfecto. Cada día se comportaba mejor conmigo. Cada día me hacía sentirme más valiosa, más especial. Era más de lo que esperaba, más de lo que podía llegar a imaginar. Justin había salido de un cuento de hadas o algo. De estos en los que el príncipe te rescata en los peores momentos y te quedas con él para siempre. Pero ya me podían envidiar a mí la Cenicienta, Blancanieves o la Bella Durmiente, porque mi príncipe era mejor. Eso lo tenía claro.

Entonces a los cinco minutos entró por la puerta. Sujetaba en sus manos una pequeña bandeja, sobre la que llevaba una taza, un bote de cereales, unas tostadas, mantequilla y mermelada de melocotón.

-Aquí lo tienes. –Dijo dejando la bandeja sobre mi cama. –Te he traído varias cosas por si no te gustab..

-Está perfecto. –Le corté. -¿Tú no comes nada?

-Por las mañanas no tengo hambre, -Se acercó a mí. –si algo quiero es comerte a besos.

Me robó uno de ellos. Justin tenía la manía de besarme inesperadamente. Pero amaba cada una de sus manías.

-Voy al comedor, -dijo. –que el pobre Ryan está solo.

Acepté con la cabeza mientras pegaba un mordisco a una de las tostadas. Estaban ricas. Unté más mantequilla y un poco de mermelada. Melocotón. Muy sabrosas. Luego pegué un trago de leche, hasta que vacié la taza. Recogí aquello un poco y lo limpié, ya que algunas migas cayeron sobre mi sábana. A continuación fui hacia la ducha. Me pegué un refrescante baño y salí. Me sequé. Me eché esas cremas corporales que tanto me gustan. Solté mi pelo. Me vestí. No sabía qué ponerme. Después de diez minutos lo decidí lo que ponerme. Una blusa roja y unos pantalones cortos vaqueros claro. Por último unas sandalias veraniegas color marrón, que hacía conjunto con el cinturón que llevaba.

Fui al comedor y estaban todos despiertos. Me senté al lado de Ryan en el sofá y le abracé. Di los ‘buenos días’.

-Mel, -dijo mi padre. -¿ya tienes todo listo?

-Sí, todo. –La verdad es que ya me fui preparando las cosas con antelación y estaba segura de que no se me olvidaba nada.

-¿Nos vamos ya? –Preguntó Ryan.

-Sí, en cinco minutos tiene que estar todo recogido. –Respondió papá.

Entonces todos se pusieron en pie. Justin me acompañó a mi cuarto y me ayudó con todo.

-¿No vas a echar esto de menos? –Me preguntó.

-La verdad es que un poco, -Dije. –Pero allí estaré mejor.

En realidad sentía un poco de lástima. Y mi tía según decía también. Pero las dos necesitábamos desconectar y volver a nuestro lugar. A Stratford. Aún no podría creer que iba a vivir allí. Que tendría como vecino a mi propio novio. Que empezaría un nuevo curso en el instituto en aquel pueblo. Todo iba a cambiar. Fotografié cada parte de la casa. Quería tener un recuerdo y no sabía cómo plasmarlo. He pasado gran parte de mi vida aquí.

Más tarde. 7:30 de la mañana. Subimos al avión. Parecía que se estaba formando una tormenta. Aunque, por el momento sólo caían unas cuantas gotas del cielo. La ventanilla se empapó y casi no podía ver. La verdad es que tenía un poco de miedo, nunca había montado en avión con tormenta. *Abróchense los cinturones de seguridad* decían a través de aquellos altavoces. *Puede que viajemos con tormenta, pero no existe ningún riesgo*.  Justin estaba a mi lado, y antes de despegar le cogí de la mano.

-¿Tienes miedo? –Preguntó. Apretando fuertemente sus manos contra las mías.

-Un poco. –Respondí.

-Tranquila, que no va a pasar nada.

-Pero han dicho que se acerca una tormenta, esto va a temblar. –Dije mirándole fijamente.

-Confía en mí, no va a pasar nada. Solo serán unos pequeños temblores.

Me apoyé sobre su hombro y él comenzó a acariciarme la cara. Me transmitía la calma que necesitaba en ese momento. Me transmitía la protección y seguridad necesarias en ese momento. No entendía el por qué. Si Justin no tenía magia, pero sí despertaba algo mágico en mí.

Se me estaban cerrando los ojos. Tenía sueño. Y me quedé dormida el resto del trayecto. Desperté debido a los temblores. Estábamos aterrizando.

-Te has dormido sobre mi hombro. –Me dijo y me dio un tierno beso en la mejilla. -¿Soy cómodo?

-Muy cómodo, -Dije yo riendo. –Lo sustituiré por mi almohada.

-Por mí perfecto. Esos de ahí, -Dijo señalando a unos chicos que tendrían mas o menos nuestra edad. –no dejaban de mirarte. Es que parecías un angelito durmiendo. Pero creo que les ha quedado claro que eres mía.

-Toda tuya. –Le dije, y le deposité un beso dulce en sus labios.

Unas pequeñas turbulencias. Me asusté un poco. Justin me acarició mientras yo le cogía de la mano. El avión se paró. Habíamos aterrizado. Por fin. Poco a poco la gente se iba desabrochando los cinturones. Nos reunimos en el pasillo con mi padre y los demás.

-¿Has pasado miedo? –Me preguntó Ryan, mientras caminábamos hacia la salida.

-Un poco, -Dije. –bueno, demasiado.

-Pero al fin hemos llegado. –Dijo Justin agarrándome por detrás.

Bajamos. Pisé tierra canadiense. Mi tierra. Fuimos a coger las maletas. Tras una larga espera, ya que la maleta de mi padre no la encontrábamos por ninguna parte, estábamos listos. Algo más de una hora y nos encontrábamos en Stratford.

{6 horas más tarde}

Se sentó en aquellas escaleras con su guitarra. Yo sostenía mi cámara con la mano derecha. Pulsé el botón de ‘grabar’. Los primeros acordes. Su voz era dulce. Y comenzó a entonar las primeras melodías. Transmitía con su voz. Era especial. Sonaba demasiado bien, mejor que la última vez que lo escuché cantar. Afinaba perfectamente, le ponía sentimiento a cada canción. No sabría como definir aquello, sólo sé que cantaba como un ángel y eso me invitaba a volar con él. Su guitarra acompañaba esa dulce voz, cosa que hacía aquello más especial. 

Poco a poco una masa de gente se fue reuniendo allí, les gustaba oírle cantar. Aplaudían al final de la canción y animaban mientras cantaba. Muchos cuchicheaban y decían cosas como ‘qué maravilla’, ‘canta genial’. Otros decían algo así como ‘este niño será famoso’. Fama. En realidad no deseaba eso para Justin. Él quería darse a conocer pero yo tenía miedo. Miedo a que se perdiera en aquel mundo, a que no sepa controlar aquello, a que olvide de dónde viene y lo que realmente es. Pero lo que sí tenía claro es que apoyaría a Justin en las decisiones que tomara, porque es él quien decide su futuro, su destino.

Acabó una de las canciones. Una niña de unos 6 años se le acercó y depositó unas cuantas monedas en la funda de su guitarra. Después una señora más mayor, otra más joven, la gente comenzaba a depositar dinero allí. Se estaba haciendo tarde y nos teníamos que ir. Justin se levantó y ese pequeño ‘público’ comenzó a aplaudir. Guardé mi cámara y me uní a ese aplauso. Él sonreía. Su sonrisa transmitía satisfacción. Me alejé un poco de todo aquello, no quería molestar. Le esperé en la acera de enfrente.

-¿Qué tal lo he hecho? –Me dijo mientras me depositaba un beso en los labios.

-Genial, increíble, maravilloso, estupendo. –Y sonreí.

-¿De verdad? –Preguntó con los ojos abiertos como platos.

-Claro que sí. –Le dije mientras caminábamos hacia casa. –A la gente le gustas, y..

-…y crees que algún día podría…? –Continuó mi pregunta.

-Sí. –Dije yo. –Llegarás  lejos si sigues así.

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