Ya había pasado un mes. Un mes desde el cumpleaños de
Justin. Más de un mes desde que mi estancia aquí diera un punto y final. Sí, me
tenía que volver a Madrid. No iba a estar por mucho tiempo, pero mi abuela
estaba empeorando, y mi tía necesitaba una pequeña ayuda allí. Me quería llevar
a Justin conmigo, pero el dinero no lo podía permitir. Qué asco de sociedad, en
la que el dinero está por encima de todo. Sentía mucha rabia. En cuanto mi
abuela mejorara volvería aquí, a mi lugar, a Stratford. Con Justin. Le iba a
echar mucho de menos, mucho. Más de lo que imaginaba. No me había ido, y ya
sentía lástima. Decidí pasar mi última tarde con él, antes de partir hacia
Madrid un tiempo. Cogimos nuestras bicicletas y decidimos dar un paseo por los
alrededores.
Paramos en una gran pinada que había. Respiraba aire puro.
Dejamos las bicis a un lado. Él notó que me gustaba aquel lugar. Le sonreí. Entonces
me besó. Con más ganas que nunca. Con deseo.
Con pasión. Con ternura. Su lengua y mi lengua ya se conocían, pero
no podían estar la una sin la otra. Otro
beso. Y otro. Besos que sabían a ‘te voy a echar de menos’. Lenguas que decían ‘no puedo estar sin ti’.
Dulce. Justin era lo más dulce de este mundo. Me mordió el labio inferior con
ternura. Y jugaba con él. Poco a poco
bajó hacia mi cuello. Se paro allí. Le sonreí de una manera pícara. Entonces
continuó con lo suyo. Sentía un pequeño cosquilleo. Y me dejó una marca.
-Esto es para que te acuerdes de mí en Madrid. –Me susurró
al oído.
Seguía besándome. Sin parar. No había una razón por la que
dejar de hacerlo, todo lo contrario. Nuestras lenguas no se volverían a unir,
quién sabe, quizás en un mes, o más. No lo sabíamos ni él, ni yo. Su saliva en mi saliva. Había química, sin
duda.
Él me había confesado estos últimos días que se estaba
enamorando, ¿y yo? Yo creo que ya lo estaba. Pero ahora vendría la jodida
distancia. Y eso solo significaba una cosa. Puede que nos una más, o puede
que nos separe. El futuro decidirá, pero yo tenía clara una
cosa, de él no me iba a olvidar fácilmente. Si el destino quiere, nos volverá a
unir. Espero que así sea.
Nos separamos unos segundos para respirar. Aunque los besos
hablan por sí solos, decidí acariciarle la cara y decirle algo. Su piel era muy
suave. Y Justin ponía una cara tierna cada vez que hacía aquello.
-Te voy a echar mucho de menos. –Dije, tragando saliva, no
me salían casi las palabras, pero algo que me iba a salir seguro era una
pequeña lágrima.
-Y yo.
Ese ‘y yo’ escondía lo mismo que me pasaba a mí. Que se nos
atragantaban las palabras. Que alguna pequeña lágrima se le escapó a él
también. Que nosotros no solíamos
decirnos cuánto nos queremos, pero lo demostrábamos con cada echo, cada
caricia, cada mirada, cada beso, cada sonrisa.
-¿Quieres sentirte libre por un instante? –Justin me tomó la
mano.
Acepté. No tenía ni idea de lo que iba a hacer. Pero
confiaba en él plenamente. Me vendó los ojos. Y volvió a cogerme de la mano.
-Imagina ahora un mundo, donde los únicos habitantes somos
tú y yo. Solos tú y yo. Donde nada ni nadie nos pueda separar. ¿Ves algo más?
–Me dice susurrándome al oído.
-Sí, nos veo un poco más mayores. En una casa de campo. Es
preciosa. Tiene unas vistas hermosas. Hay muchas ventanas. Mucha luz. Y se puede contemplar
todo el paisaje. Una brisa de aire recorre el lugar. Las cortinas se mueven
debido a esto. Me acaricias la barriga. Espera. Está un poco más hinchada de lo
normal. Creo que vamos a ser padres. Me sonríes. Te sonrío. Somos felices. –Trago
saliva y continúo. - Cierra los ojos, ¿lo ves tú también?
-Yo lo siento, lo siento dentro de mí. Y ese día, ese día
llegará, y lo veré con mis propios ojos.
Cojo la venda que cubría mis ojos y la tiro al suelo. No la
necesito. Yo también puedo imaginarlo.
Sentirlo. Como él hace. Y lo noto. Noto que él desea verme feliz. Noto que se
compromete a un futuro conmigo.
Entonces, es ahí cuando soy yo la que empieza la batalla de
besos. Un enfrentamiento entre su lengua y la mía. Nos gusta. Siento lo mismo
que la primera, segunda y decimoquinta vez que sentía al probar sus besos. Esta
vez, los besos saben más dulces que nunca. Están llenos de sentimiento. Justin
me coge de la cintura. Yo poso mis brazos alrededor de su cuello. Y le acaricio
el cabello. Sé que le gusta. Noto escalofríos recorriendo por mi cuerpo. Y
paramos, nuestros corazones laten a ocho mil por hora. Me acaricia mi mejilla
con su dedo, y al instante, sitúa un húmedo beso allí. Entonces habla, y me
dice la cosa más bonita que jamás me han dicho.
-Has batido el récord, bebé. Tan sólo un mes y doce días
para enamorarme. Para volverme loco, por ti. Para pensar en cada instante en tu
sonrisa. Para devolverme la felicidad que hacía tiempo había perdido.
Sí, me lo estaba confesando. Ahora lo había asumido, estaba
enamorado. Enamorado de mí. Qué raro sonaba decir eso. Siempre había soñado con
el echo de que alguien lo hiciera, y más con que alguien tuviera el valor de decírmelo.
Pero esto no era un sueño, era la realidad. Y ese alguien, era Justin. Miré en la pantalla de mi móvil la hora y ya era hora de
volver. En realidad, no era tan tarde. Quería que se detuviera el tiempo.
Quedarme a su lado. Rozando sus labios y sintiendo sus besos. Notando mariposas
revoloteando por mi estómago. Su mano rozando mi cintura. Pero no, el tiempo
pasaba y los segundos se convertían en segundos. Teníamos que volver. Montamos en las bicis. Seguíamos el camino de vuelta a
Stratford. Echaría de menos ese paisaje, pero sabía que iba a volver, y lo
volvería a ver. Justin soltó una mano
del manillar y la manejaba tan solo con la mano izquierda.
-Toma mi mano, haz lo mismo que yo. –Me dijo.
-No, Justin, me voy a matar como haga eso. Yo no controlo
tanto como tú.
-Hazlo.
-No.
-Sí.
-Que no, Justin. Acabaré en el hospital.
-¿Confías en mí?
Cuando dijo eso, algo recorrió mi cuerpo. Claro que confiaba en él. Pero tenía miedo,
necesitaba controlar el manejo de mi bici con las dos manos en el manillar.
-Sí, confío en ti.
-Pues hazlo. Bebé, no va a pasar nada.
Entonces, me decidí. Solté mi mano izquierda del jodido
manillar. Podía hacerlo. Nuestras manos se juntaron. Se unieron. Como un imán. Lo tenía cerca y lo necesitaba. Ahora sí me notaba
protegida, segura. Juntos. Juntos en
este camino. Juntos en este recorrido. Juntos en todo. Él y yo.
Me transmitía la confianza y seguridad necesaria para
pasarnos todo el camino así, sin soltarnos.
-¿Ves? Sabía que podías hacerlo. –Me dijo Justin, sonriendo.
-Lo veía imposible.
-No hay nada imposible.
Y esa frase. Eso que acababa de decir, hizo que un
escalofrío recorriera de nuevo mi cuerpo. ¿Qué? Si es una simple frase. O eso
creía yo.
-Mi abuelo siempre me decía eso –Continuó- Dice que si
luchas por algo, lo conseguirás, aunque lo veas muy lejos. Que tienes que
luchar por tu sueño, ¿tú tienes algún sueño, Mel?
-Mi sueño de siempre era venir a Stratford, a conocer a mi
padre. Ahora que ya lo he cumplido tengo otro, y…
-¿Y?
-Bueno, que ese sueño eres tú. –Me puse muy nerviosa al
decir eso.
-Tranquila. Yo también tengo sueños. Y uno de ellos tiene
nombre.
-¿Cómo se llama? –Me hice la interesante.
-Bebé.
-Pues que suerte tiene ‘Bebé’. –Sabía que se refería a mí –Y,
espera, que voy a adivinar cuál es tu otro sueño. Sé que quieres llegar a ser
alguien conocido en el mundo de la música, sé que adoras tocar la guitarra y el
piano. Pero sé que lo que verdaderamente amas es cantar. Sé que quieres hacer lo que te gusta ante un público, y que a ese público le guste lo que haces. Sé que quieres recorrerte el mundo entero, de país en país, dando conciertos. Grandes conciertos. Repletos de gente. Tú sueñas en grande.
-Me has sorprendido, bebé. Así es. De pequeño siempre he
querido cantar en las escaleras del teatro Avon... –Le corté.
-Entonces, ya sé la primera cosa que haremos cuando vuelva.
Iremos allí. Cogeré mi cámara. Grabaré. Y cantarás.
-Bueno, la primera cosa será besarte, la segunda eso. –Dijo riéndose.
-De acuerdo. –Ahora me reía yo- Prometo besarte, con más
ganas que nunca, y luego, iremos al teatro Avon.
-Bebé, para. –Dijo a la vez que frenaba con su bici- Me
apetece besarte ahora.
Frené yo también. Nos apartamos a un lado de ese camino
lleno de piedras. Bajé de la bici. Pero él seguía montando en la suya.
Sorprendido. Sorprendido por la mirada que le estaba lanzando. Una mirada llena
de deseo. Lo deseaba con todo mi corazón. A él, y a sus besos. Me acerqué poco
a poco. Parecía que se le iba a salir el corazón del sitio. Notaba sus latidos.
Y cada vez que me acercaba más, su corazón latía más fuerte. Tres, dos, apenas
a un centímetro de su boca. Me acerqué un poco más. Estaba embobado,
completamente. Hice un pequeño impulso
hacia delante, como si le fuera a besar. Pero, en ese instante me giré y
comencé a correr riendo. Dejé a Justin con las ganas. Me gustaba eso. Me sentía
la niña más traviesa del universo. Justin echó a correr detrás de mí riendo también. Hasta que
me alcanzó. Caímos uno encima del otro. Exactamente, él encima de mí.
Continuamos sin parar de reír. Nuestras respiraciones eran agitadas. Nos
deseábamos tanto el uno al otro que no sabíamos ni cómo comenzar. Continuaba
estando yo debajo de él. Su boca se acercó a la mía. Pero le frené.
-Espera, soy yo la que te debe un beso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario