El despertador acaba de sonar. Mi primer pensamiento fue
Justin. Me esperaba un día largo. Me levanté de la cama y fui al baño. Me lavé
la cara. Me despejé. Me miré en el espejo y me quedé observando mi cuello. Esas
dos marquitas. Justin. Lancé un suspiro. No hacía falta mirar mi cuello para
acordarme de él. Quería un beso suyo ya, ahora. Me desnudé y me metí en la
ducha. Me ayudó a relajarme un poco. Tenía un nudo en el estómago. Me puse una
camiseta de esas cortitas, de un color blanco, se me veía un poco de la tripa. Después me puse unos pantalones
largos vaqueros. Finalmente, me coloqué unas Vans de un color rosa.
Más tarde, hice la cama y dejé toda la habitación despejada.
Vi esa maleta y recordé todo. Apenas una hora quedaba para salir de aquí. Dos
horas para llegar al aeropuerto. Cogí la maleta y la llevé al comedor. En ese
instante, se levantaron mi padre y Alisson. Les di los buenos días y fui a
hacer el desayuno. Desayuné y volví a la habitación. Me eché mi perfume
favorito, ese que tanto le gustaba a él.
Me acerqué a la ventana, esperando ver su carita de niño
bueno recién levantado. Pero no. No vi nada. Su ventana estaba cerrada. Muy
raro. Siempre la tenía abierta de par en par. De repente, llamaron a la puerta.
‘¿Se puede?’. Su voz. Mi corazón comenzó a palpitar de una manera exagerada. Se
acercó a mí. Se dio cuenta de que estaba nerviosa. A punto de besarme. A un
centímetro apenas de mi cara. Estoy segura de que notaba mi respiración
acelerada.
-Buenos días, bebé.
Suficientes palabras para que me lanzara a su boca. Quería
sus besos, nada más. Era un momento mágico. Los besos sabían a sueños, estaba
soñando despierta. Espera, no, era la realidad. Pero con Justin notaba volar.
Me sentía en un mundo nuevo. Un beso
tras otro, besos mágicos. Diferentes sabores, pero cada uno de ellos sabía a
amor. Me cogía de la cintura de esa manera que sólo él sabía, y poco a poco
bajaba hasta mi trasero. Hasta que paramos unos segundos.
-Te voy a echar muchísimo de menos, más de lo que imaginas.
–Le dije acariciándole la mejilla.
-Yo creo que tú tampoco te imaginas lo mucho que te voy a
extrañar yo. Ayer no dejé de pensar en esto, de pensar en ti, ¿cómo lo
consigues? Te quiero más de lo que puedas llegar a imaginar, bebé.
-No me digas esas cosas que me derrito ahora mismo. –Dije
riendo.
-Si te derrites es porque eres un bombón. –Dijo, y esta vez
me acariciaba él la mejilla. –Vuelve pronto, por favor.
-Lo haré, y cuando vuelva no me voy a separar de ti.
-Es que no voy a permitir que lo hagas, no voy a permitir
que nada nos separe. Prométeme una cosa. Prométeme que me enviarás mensajes a
todas horas, que me recordarás, que cuando te llame cogerás el teléfono, porque
eso significará que necesitaré escuchar tu voz.
-Te lo prometo como que me llamo Melanie y tengo al novio
más guapo del mundo.
-Entonces, es cierto. –Dijo divertido.
-¡Eres un creído! –Le dije riéndome en su boca.
-Y tú lo tendrías que creer también, porque eres preciosa.
-¿Preciosa? ¿Yo? Te equivocas, pero te permito equivocarte.
Iba a decir algo, pero le callé con un beso. Uno de los
últimos besos que tendría de él ese día. Quería recordar ese sabor al menos en
esos días que no lo iba a ver. Esos besos que me hacen volar, creer, soñar,
sentir lo que nunca he sentido por nadie.
Pasaban los minutos. Miré mi reloj. Me tenía que ir. Cogí a
Justin de la mano y fuimos al comedor. Ryan y Justin se chocaron las manos en
forma de saludo. Mi padre le dio un golpecito en el hombro y le dijo ‘Pronto la
tendrás de vuelta, tranquilo’. Justin le sonrió. Le di un beso en la mejilla al
pequeño de la casa. También me despedí de Alisson.
Justin, Ryan, mi padre y
yo salimos fuera. Justin me ayudó con la maleta y un bolso grande que
llevaba. Nos acercamos al coche. No sabía si besar a Justin o no antes de
entrar dentro. Me daba corte por mi padre. Yo estaba temblando. Justin se
adelantó y me dio un tierno beso en los labios. Sin lengua, pero perfecto. Como
iba a echar de menos aquello. Me sonrojé demasiado. Le deposité un segundo beso en sus tiernos labios. Se
quedó un poco extrañado. Y acto seguido me sonrió.
-No olvides nuestra promesa, bebé. –Me susurró al oído.
-Por supuesto que no.
Justin me acarició la mejilla y me dijo ‘Hasta pronto’. Yo
me quedé mirándole a sus ojos color miel por un instante. Y me subí al coche.
Justin se apoyó en un pilar que había, mirando cómo me alejaba de él. Yo no
dejaba de sonreírle. Intentaba aparentar estar bien, cuando no era así, cuando
daría lo que fuera por quedarme allí, en Stratford.
Transcurrió una hora. Bajé del coche. Me puse mis gafas de
sol. Cogí mi maleta y demás cosas. Ryan y mi padre me ayudaron a bajar todo.
Entramos y nos sentamos, había que esperar un poco. Hablamos de cómo había
pasado todo. De Justin. Mi padre decía que era un buen chico, que le gustaba
para mí. El tiempo hablando con ellos se me pasó volando. Ya era hora de subir
al avión.
-Papá, gracias por todo. –Le dije dándole un fuerte abrazo.
-No las des, ya sabes que hice mal y ahora cuando vuelvas
recuperaremos todo el tiempo que hemos perdido sin estar juntos. Mándale
saludos a la abuela.
-No lo dudes. Aún no me he ido y quiero volver ya. Lo haré, le mandaré saludos y seguro que se
alegra. –Le di un beso en la mejilla. –Y Ryan, tú ya sabes, más de lo mismo,
que cuando vuelva tenemos que pasar más tiempo juntos.
-Hecho. Pásalo bien allí, que se mejore tu abuela, ¿vale? –Me
dijo abrazándome fuerte. –Y yo cumpliré mi promesa aquí, con Justin.
-Gracias, muchas gracias. Te quiero mucho, Ryan.
Por último, abracé a los dos a la vez. Me despedí. Cogí la
maleta y lo demás y fui en dirección a aquel pasillo. Había mucha gente en el
avión. Una azafata me guió hasta mi
sitio, y durante todo el camino estuve hablando con ella. Le conté que iba a
Madrid unos días y luego volvería a Canadá. Ella me dijo que también tenía
familia en Madrid, y que era muy bonito.
Era muy simpática, me cayó bien, la verdad.
Aterrizamos. Aeropuerto de Barajas. Ni lo recordaba apenas.
La azafata me acompañó hasta fuera. Entonces, vi a mi tía. Fui corriendo a
abrazarla. Soltamos unas pequeñas lágrimas las dos.
-Siento haberte engañado este tiempo, pero es que no
encontrábamos la manera de decírtelo.
-Bueno, ahora ya pasó todo. Te tengo que contar muchas
cosas. –Le dije, emocionada.
-¿Sí? Bueno, vamos a casa y me cuentas.
Después de unos pocos minutos llegamos. Vivía cerca de allí. Hogar dulce hogar.
Mi casa. Abrí la puerta. Recordaba ese olor. Fui corriendo al sofá y me tiré
riendo. Mi tía entró las maletas y las dejó en mi habitación. Después vino al
salón, donde yo estaba. Y empezamos a hablar.
-¿Recuerdas que siempre decía que no me
iba a enamorar? Bien, pues he aprendido a que nunca debo decir nunca. Ahora mismo
lo estoy. Justin. Se llama Justin, aquel chico del que te hablaba por el
teléfono. Es tan… -Lancé un suspiro –Es un amor. Me trata como si fuera su
princesa. Es inexplicable lo que siento. Me tiene loca. Es que si lo vieras,
tiene el pelo castaño claro, los ojos color miel, una sonrisa perfecta… -Y me
cortó.
-Sé quién es. Vive al lado de vosotros, ¿verdad?
-Sí.
-Su madre, Pattie, es amiga de la familia de toda la vida. Y
era muy amiga de tu madre. A veces echo de menos aquellos tiempos, en los que
nos reuníamos todos, pero cuando falleció tu madre todo cambió. Me tuve que
venir aquí, contigo, y perdí el contacto
con ellos. De vez en cuando los visitábamos, pero no era lo mismo. Tú jugabas
con Justin, él se volvía loco cuando ibas allí. Y cuando te volvías a Madrid,
Pattie me enviaba mensajes diciendo que te echaba de menos.
-¿Enserio? Una vez me dijo que de pequeños jugábamos juntos,
pero yo no recuerdo mucho eso, sólo me acuerdo de cuando me llevaste a aquel
viaje, siempre me hacía de rabiar un
niño.
-Y ese niño era Justin. Mira. Tengo una sorpresa para ti,
Mel.
Sacó una caja de cartón. Parecía vieja. Nunca la había
visto. Entonces sacó una pequeña foto. Una foto antigua. Salían dos niños en
ella.
-Estos sois los dos, tú y Justin.-Me dijo.
No lo podía creer. Éramos nosotros. Esas flores. Era lo que
él me hablaba. Ese pequeño jardín. Mi mente dio un viaje al pasado. Y ahí. Fue
ahí cuando empecé a recordarlo todo. Cada pequeño detalle. Ese niño que me
regalaba flores. Su sonrisa seguía siendo la misma. Una pequeña lágrima
recorrió mi rostro y acabó en mis labios. Cogí la fotografía y la llevé a mi
habitación. La puse en un marco, sobre mi mesita de noche. Me tumbé en la cama.
Cogí mi móvil. Estaba apagado. Lo encendí. Mi fondo de pantalla. Él y yo. Mil
recuerdos recorrieron mi mente.
Me decidí a enviarle un sms.
'Ya he llegado, y ya te echo de menos. ¿Sabes qué? Tengo una
foto tuya y mía, de pequeños. Eras un bebé muy bonito, como ahora. No he podido
evitar enviarte esto, es que necesito una respuesta tuya, algo tuyo. Te quiero,
te espero.'
Enviado. Moría de ganas por recibir una respuesta ya, ahora mismo. Pero supongo que tardaría en llegar.
Diez minutos, quizás quince fue lo que tardé en recibir una respuesta por su parte. Pero había algo raro en ello.
'Por favor, no me eches de menos. Me he dado cuenta de algo y es que la distancia lo va a mandar todo a la mierda. No respondas esto, no me llames y no me dirijas la palabra. No quiero saber nada de ti, nada, ¿lo entiendes? Pues entiéndelo de una vez, y déjame en paz.'
¿Justin? ¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho yo? No entendía nada. Él mismo fue el que creó esa promesa. La promesa de esperarnos. Él mismo fue ese que me dijo que estaba enamorado. Él. ¿Qué hacía? ¿También era como los demás? Conmigo no iba a jugar, lo tenía muy claro.
Necesitaba explotar, llamarle y decirle de todo. De cobarde hasta cabrón. ¿De qué iba? Ahora era yo la que explotaba en un mar de lágrimas. Distancia. Jodida distancia. ¿Por qué me haces esto? No lo merezco. Una vez que creo que alguien me quiere de verdad... Seguro que se ha ido con Paloma. Seguro. Me lo habrá quitado. Ryan, espero que cumplas tu promesa. Eres mi última esperanza. Pero parece que no, parece que todo ha dado un giro inesperado. En un sólo día. No aguanto esto.
Cogí mi móvil y volví a leer el sms. No pude más. Lo lancé con todas mis fuerzas al suelo. Pam. Móvil roto. Tarjeta rota. Todo roto. Que le den a todo. Estoy harta.
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