-¿Sois novios? –pregunta la niña curiosa tirando de la mano
de _____.
Ambos ríen.
-¿Por qué dices eso? –pregunta Justin separándose de _____.
-Porque discutís como si fuerais novios. Es divertido.
Vuelven a estallar a carcajadas.
Las horas pasan volando para ellos. Justin ayuda a _____ y a
su pequeño grupo a realizar actividades variadas. Ríen, bromean y de vez en
cuando discuten. Pero yo no lo llamaría discutir. Es más bien picarse el uno al
otro. Y no saben los riesgos que eso conlleva. Riesgos como enamorarse. El
corazón se acelera y llega un momento en el que no podemos reducir la
velocidad. Estamos condenados a no poder elegir lo que sentimos. Lo sentimos y
punto. Y por mucho que queramos negar lo evidente el corazón manda. No se hacen
una idea de lo duro que puede llegar a ser eso. Pero son unos inexpertos,
inocentes. Nunca se han enamorado, pero están comenzando a sentir el cosquilleo
por el que empieza todo. Experimentar sensaciones desconocidas crea
inseguridad, pero a la vez curiosidad. Y _____ es muy curiosa, no lo puede
evitar. Por muchos obstáculos que se presenten en el camino, ella siempre se va
a dejar llevar por sus sentimientos. Su madre siempre se lo decía ''La cabeza tan
solo está para perjudicar y darnos dolores, mientras el corazón nos pide un
poquito más''. El amor puede ser todo o nada. La entrada a un nuevo mundo o la
salida de éste. Todo depende de quien sepa manejar bien el juego. Y sobretodo,
de quien sepa a lo que está jugando.
Empieza a oscurecer y todos recogen y se disponen a bajar la
montaña. Han pasado una buena tarde. Hasta la señora directora que resulta de
lo más amargada ha sonreído varias veces.
Pero no todo es felicidad en el campamento. Siempre hay una
persona, un sentimiento, un recuerdo o una imagen en blanco y negro que
fastidia tus mejores momentos. Para ellos no iba a ser menos. Por mucho que
sientan vivir en un cuento de estos con un final feliz, también existen las
tormentas, las pesadillas, el miedo y las inseguridades. Mientras bajan por
orden alguien se adelanta y aprovecha la situación para hacer algo. Algo de lo
que posiblemente se pueda arrepentir. O quizás no. Pero pondrá en riesgo a la
chica más inocente.
|Narra _____|
-Estoy agotada. –suspiro echándome hacia atrás en el saco de
dormir. Por fin descansa mi espalda.
-Querida amiga, no eres la única. –dice Vanessa masajeando
ella misma sus propios hombros.
-Nos han matado. –añado relajando todo mi cuerpo.
-Ha sido duro, pero me ha gustado. –dice continuando con lo
suyo.
-Y a mí. Ha estado divertido.
-Me duele todo. Como si me hubieran follado sin parar, nena.
-¡Exagerada! –carcajeo. –No seas tan brusca, Vann.
-Sólo digo lo que siento y me siento así. –ríe ella ahora
tumbándose a mi lado. –Oye, ¿cómo vas con Justin? ¿Alguna novedad?
-Precisamente de eso quería hablarte… -muerdo mi labio inferior
con timidez.
-¡¿Te lo has tirado ya?!- exclama, un poco más alto y nos
oye todo el campamento.
-¡NO! –grito tapándome la cara con mis manos avergonzada.
-¿Entonces qué? –dice tambaleando mis hombros con desdén.
-¿Te ha propuesto hacerlo?
-¡NO!
-¿Te ha metido mano?
-¡Tampoco!
-¡Dispara ya por esa boquita, nena! –grita impaciente.
-Prométeme que no le dirás nada a Sarah. –pronuncio con
seriedad cada palabra.
-¿Bromeas? ¡Claro que lo prometo! ¡Pero suelta ya lo que me
tienes que contar!
-Está bien, está bien. Paciencia. –digo calmada. –Justin y
yo estamos saliendo. Ayer me pidió ser su chica. –me cuesta pronunciar esas
palabras. Y no sé porqué, pero me siento mejor, libre, como si me hubiera
liberado de un agarre a presión.
-¡¿QUÉ?! ¡¿DE VERDAD?! –su expresión es de sorpresa. Pero no
sé si eso es bueno o malo.
-Sí. –escondo mis labios en mi boca. ¿Qué le pasa?
-Si estás feliz, me alegro por ti. –suena poco convincente.
-No suenas muy convincente. –digo en voz alta. Ups, mis
pensamientos han salido por mi boca sin más.
-_____, no sabes lo que estás haciendo. Pero si es tu
decisión, yo te apoyo.
-¿Qué pasa? ¿Todavía sientes algo por él?
-No, no. No es eso.
-¿Es por Sarah?
-No existe otro problema. Sólo ella.
-¿Entonces?
-No sabes todo lo que es capaz de hacer. Va a tratar de
hacerte la vida imposible.
-Nada por lo que no haya pasado antes. –suspiro.
-¿Cómo?
-Ya he conocido a muchas personas que han tratado de joderme
y de hacerme daño. Si a ellos sobreviví, con esto también puedo.
-¿Estás segura?
-Segurísima.
-¿Y qué vas a hacer cuando se entere?
-No se tiene por qué enterar.
-¿De qué hablas?
-Lo llevaremos en secreto y punto.
-No es tan fácil como crees, _____.
-Ya lo sé, pero no hay otro remedio.
Vanessa deposita un beso en mi mejilla y se pone en pie tras
desearme las buenas noches. Me quedo sola y es mi momento de reflexión. _____
Blair, ¿qué estás haciendo? Puede que estés completamente chalada y no estés haciendo lo correcto. Tal vez mi amiga lleve razón. No es bueno pensar tanto
pero es que recuerdo las palabras de Sarah y siento como una punzada maligna en
mi interior me avisa de algo. Ese ''Solo he venido a
advertirte algo, bicho raro''. Y ese ''Ni
se te ocurra dormir hoy con Justin''. Mi cabeza comienza a arder. ''Me has
robado a mi chico''. Estúpida. Ahora es mi chico y lo gritaría a tan solo un
centímetro de su maquillada cara. ''Bicho raro, vas a tener que elegir entre ese
bonito pañuelo o Justin''. Menuda imbécil. Ella no me dicta lo que tengo que
hacer. Espera. Llevo las manos a mi cuello enseguida. No está ahí. El pañuelo. Comienzo
a palpar más mi cuello. Mi corazón empieza nervioso a latir con fuerza. Pero
son latidos diferentes. Lo noto. Me impulso rápido hacia arriba y rebusco en cada
rincón, entre mi ropa e incluso entre la de Justin. Por cierto, huele a él. Me
relajo un poco aspirando su aroma hasta que me doy cuenta de lo que realmente
estoy buscando. El pañuelo de mamá. Salgo furiosa hacia fuera y giro
inmediatamente tropezándome con un niño. Le tiro todos los cromos que lleva en
las manos al suelo.
-Perdón, perdón, perdón. –suplico incontables veces
recogiendo todo aquello del suelo.
Se lo entrego y el niño apenas susurra palabra. Se ha quedado
mudo. No sé si se deberá a mis actos pero tampoco tengo tiempo para debatir esa
tontería.
Abro con descortesía la tienda de campaña que mi amiga
comparte con mi enemiga y ambas se quedan paralizadas mirándome. Hasta yo misma
dudo que esto me esté pasando a mí. ¿Qué he hecho ahora? No, _____, no te
culpes. No vuelvas a decaer. Ya aprendiste la lección.
-Dame ya mi pañuelo. –murmuro entre dientes extendiendo mi
brazo hacia delante para que me lo entregue.
Sarah mira a Vanessa como si no supiera de qué estoy
hablando.
-Que me lo des. –hago una pausa y doy un paso hacia
adelante. –Ahora mismo.
-¿Qué te de el qué? –dice desafiante poniendo una mano en
su delgada cintura.
-Oh por favor. –agito mi
mano burlándome. –Ya eres tonta, así que no hace falta que interpretes ese
papel porque ya viene contigo. Sabes perfectamente de lo que te estoy hablando.
-A mí no me hables así bicho raro o serás expulsada del
campamento y de la universidad ahora mismo.
Olvidaba que sus padres eran los dueños de la universidad. Estoy
jodida.
-No intentes cambiar de asunto y dame mi pañuelo.
Ante mi última palabra Vanessa se percata de la situación.
Noto como se tensa enseguida y abre sus ojos sorprendida. Nosotras ya hablamos
de esto. Además, ella me avisó.
-No me culpes por algo que no he hecho. Siempre vienes a
por mí. –comienza a hacerse la víctima.
-¿Yo? –me señalo a mí misma. -¿A por ti? –la señalo.
-¿Enserio? –carcajeo. –¿Acaso quiero yo algo de ti? –vuelvo a carcajear.
-¿Acaso estoy celosa de ti?
-Sarah, dale el pañuelo. –dice mi amiga en mi defensa.
-¿Y de dónde lo saco? ¿Del sombrero como el conejo en el
truco de magia o qué? –contesta burlona la estúpida rubia. Comienza a
enervarme.
-O me das ya el maldito pañuelo o te juro que voy a
buscarlo y me da igual desordenar toda la ropa de tu maleta. –digo vacilante.
Ella da un paso hacia atrás.
-Ni se te ocurra Blair.
-No te vas a salir siempre con la tuya estúpida.
-Lo he hecho siempre y no me lo va a impedir una novata
bicho raro.
-_____, será mejor que lo dejes… -interviene Vanessa con un
tono de voz calmado. ¿Qué lo deje? ¡Que me deje ella a mí!
-¿Vanessa? ¿Pero qué estás diciendo? ¿Ahora tú también te
pones en su defensa? –no controlo mi tono de voz y chillo.
-¡No estoy en su defensa! ¡Pero no se puede hacer nada!
¡Una vez entras en su juego se tienen que asumir las consecuencias, _____!
–grita ella.
-Yo no he entrado en ningún juego… sólo quiero que me
devuelv… -su voz repelente me corta.
-Lo quemé. De acuerdo, lo admito. Fui yo.–dice Sarah agachando su mirada. –Ya no hay
rastro de él, no te lo puedo devolver. Y lo hice por el bien del precioso
pañuelo, no pegaba nada con tu cuello ni con tu estilo. Alégrate. –me mira con
desprecio y sonríe malévolamente haciendo que en mi interior se acumule lo peor
de mí.
Mis ojos comienzan a empaparse de agua. Aprieto mis manos
formando puños en ellas. Mi pecho empieza a subir y bajar rápidamente. Mi
mirada se clava en sus sucios ojos. Ella continúa mirándome de aquella manera.
_____, respira. Piensa en mamá. A ella le gustaba que nunca me metiera en
problemas. Y en este último tiempo estoy infringiendo las reglas. Si me peleo
con ella me expulsarán. No puedo hacer nada. Mi corazón se encoge sintiendo
pura impotencia en él. Tengo un cúmulo de sensaciones dentro que necesito
exteriorizar. Pero no puedo hacerlo. No puedo y ese es el problema. Sarah
merece una buena cachetada en su cara. Pero soy incapaz. El miedo me consume.
Me siento pequeña en un lugar de gigantes.
-¿Cómo te atreves? –pregunto casi sollozando. Pero no
quiero llorar, no ahora. No quiero parecer siempre la débil. –Eres una zorra
consentida. –hago una pausa intentando que el aire llegue pacíficamente a mis
pulmones. –Eres una mala persona. ¿Y sabes qué? Por mucho que te creas ahora,
nunca serás nadie. Nadie te quiere, nadie te soporta, nadie sería tu amiga si
no fueras rica y vistieras así, nadie te miraría con esos ojos si no fueras la
chica popular. Pero, ¿también sabes qué? Prefiero ser mil veces yo, a una cuarta
parte de lo que eres tú. –elevo una ceja mientras la miro con asco de arriba
abajo. Ella se mantiene tensa sin moverse ni un centímetro. –Aparentas ir muy
bonita por fuera, pero chica, estás podrida por dentro.
Y con esas palabras hago mi peculiar despedida. Salgo a un
paso tranquilo, aparentando seguridad en mí misma. La dejo con la boca abierta. Y en realidad me asombro
ante mi actitud. Me he contenido esas ganas de estirar de sus extensiones y
dejarla calva. Río. Una risa escapa de mi boca ante mi pensamiento. Esto es
extraño. Me han robado una de las cosas que más apreciaba y he conseguido
mantener la calma.
Tomo unas cuantas respiraciones y deslizo la cremallera
para entrar en el interior de mi refugio. Ahí está él. De repente siento un
pinchazo en mi estómago. Alerta. Me mira y sonríe. Esa peculiar sonrisa lo
consigue. Consigue que me olvide de todo. Mi cuerpo enseguida entra en una fase
desconocida y comienzo a temblar por dentro. Y es por estas cosas por las que
decido seguir adelante. Él hace que olvide todo lo malo, los problemas y las
comeduras de cabeza.
-Hola. –digo dando un paso hacia él y tirando mi pelo hacia
atrás.
-Hola bicho. –dice de nuevo con otra sonrisa. Y ese ''bicho'' suena diferente. Antes me repugnaba cada vez que pronunciaba aquella palabra.
Antes lo decía con maldad, con asco hacia mí. Pero ahora incluso me gusta. ''Bicho''. En su boca suena bien.
|Narra Justin|
-Sí, mamá… -digo suspirando cansado. Cambio el móvil de
mano y lo apoyo contra mi otra oreja. –Todo va bien. Sí, _____ está bien… Todo
bien, no os preocupéis. –pausa. -Vale. –escucho unos chillidos en el exterior.
Chicas seguro. –Cuidaros. Ah, y saludos a Mathew. –pausa de nuevo. Otra vez
unos chillidos y ahora más fuertes. Parece _____. Parece su voz. –No le voy a
dar saludos a la directora, mamá. Ni por tu parte ni de nadie, esa mujer está
loca. –Y me digo a mí mismo que quizás el loco sea yo. Otra vez esa voz.
Justin, tío, deja de pensar en ella, tenerla tanto en tu cabeza no debe ser
bueno. –Adiós. Te quiero. Mañana te veo.
Cuelgo. Suspiro. Me encuentro cansado y sin fuerzas. Es
increíble que haya conseguido un poco de cobertura. Sin duda, los milagros
existen. Y más si ahora mismo giro la cabeza y está ahí. La miro y trago
saliva. Una sonrisa se marcha de mi boca directa a sus ojos que me miran
traviesos.
-Hola. –dice dando un paso hacia mí.
-Hola bicho.
-Odio que me llames así. –miente. Y lo percibo en su
sonrisa. Por fin ha dejado ver esos dientes blancos y perfectamente colocados.
-Tú y yo sabemos que eso no es cierto. –digo aproximándome
a ella y tomándola por la cintura. Joder, ya me estoy poniendo nervioso.
-Tú crees saberlo todo. –dice traviesa mojando sus labios.
-Todo no, pero no niegues que no te gusta que te llame así
porque siempre te ruborizas ante mis ojos. –susurro acercando mi boca a su
oído. –Bicho. –susurro con voz seductora cerca de su cuello.
-No hagas eso. –niega con su cabeza.
-Te gusta, eh. –sonrío pícaro.
-No me gusta que conozcan mis debilidades. –se decanta a
decir seria. -¿Te acuerdas cuando te dije que habían cosas prohibidas?
-Sí. –trago saliva. –Me acuerdo perfectamente porque si una
de esas cosas prohibidas era besarte estaba dispuesto a romper las reglas.
-¿En ese entonces querías besarme? –enrolla sus brazos en
mi cuello y alza su mirada perdiéndose en mis ojos.
-Todos los días. Por la mañana cuando me levantaba, cuando
te observaba mover tus caderas por el pasillo o bajando las escaleras o cuando
no dejabas de hablar y me apetecía callarte con un beso. –digo sincero. Y me
sorprendo ante lo dicho. Miro sus carnosos labios y ahora mismo me adentraría
en una batalla con ellos. -¿Entonces qué pasa con las cosas prohibidas?
-Pasa que son peligrosas, pero a veces viene bien
arriesgar.
-¿Y qué tiene que ver todo esto ahora? –elevo una ceja.
-Oh. –abre su boca. –Nada, nada. –dice intentando que me
crea sus palabras cuando en realidad sé que le pasa algo.
-Cuéntame, nena.
-No pasa nad… -la corto.
-Cuéntame. –digo apretando sus caderas transmitiéndole la
confianza y seguridad suficiente.
-Sarah. –susurra con la mirada centrada en un punto
invisible. La encuentro perdida.
-¿Qué pasa con esa estúpida?
-Que no nos puede ver juntos. Eso pasa. Y si nos ve
simplemente… -parece que va a romper a llorar.
-Eh, tranquila. –coloco un beso en su frente. Llevo una
mano a su mejilla y comienzo a acariciarla mientras con la otra sujeto
ligeramente su cintura. –No voy a permitir que te haga nada y deberías saberlo.
-Ya es tarde.
-No es tarde, nena. Nunca es tarde.
-Me ha robado el pañuelo que me regaló mamá. –dice. Siento
como todo mi cuerpo se tensa. ¿No he sido capaz de proteger a mi chica? Me
siento estúpido.
-¿Por qué no me has avisado? –digo duro con una voz ronca.
-No quería preocuparte… -se mueve sobre sus talones.
–Además, acaba de suceder hace poco, no sabía… -la corto de nuevo.
-Joder. –digo despegando mis dedos de su mejilla y formando
un puño en mi mano. -_____, a la mínima que suceda algo me tienes que avisar. Y
no te estoy preguntando, te lo estoy ordenando. –sueno brusco. Ella me mira por
fin y afirma con su cabeza sin pronunciar palabra. –Simplemente mantente
alejada. No me fío de ella.
-Vale… -susurra en un hilo de voz. Me duele ver que por mi
culpa le hayan hecho daño.
-¿Entonces? –pregunto abriendo mis ojos.
-¿Entonces qué?
-¿No quieres que nadie nos vea juntos? –pregunto y ella
mueve su cabeza afirmando. –Si quieres que nos escondamos del mundo, lo
haremos, ¿vale? –digo dejando un beso protector en la parte superior de su
cabeza y aprovecho descansando mi barbilla ahí mientras la fundo entre mis
brazos. Noto como se relaja y me abraza fuerte. –Entonces lo haremos.
-Escondernos del mundo suena bien. –dice y una pequeña risa
escapa de mi boca.
-Por supuesto que suena bien. ¿Pero sabes qué suena mejor?
–digo colocando ambas manos en su cuello.
-¿Qué?
-Esa risa que te sale al final de un beso.
Se sonroja. Me gusta la sensación de sonrojarla con mis
palabras, de hacerla sentir de una manera u otra querida, mimada, especial.
-Si quieres lo comprobamos.
Poco a poco me acerco a sus carnosos labios. No hay prisa.
Nadie nos ve ni nadie nos puede interrumpir. Nunca había tenido esta necesidad
de sentir mis labios contra los suyos. De tener un cosquilleo irreconocible en
mi interior cada vez que acortamos la distancia. Y es que me siento la persona
más feliz del mundo a unos milímetros de ella. Como ahora. Miradas conectadas
que dicen todo lo que nuestro corazón calla. Quizás por miedo, quizás porque no
sabemos expresar con palabras lo que sentimos o lo que nos sucede y todas las
cosas que pasan por nuestra cabeza.
Me acerco más y nuestros labios se rozan. Ahí estamos. Con
el corazón a velocidades prohibidas y yo con unas ganas inmensas de comerle los
labios. De verdad, tengo una obsesión con ellos. Y por fin te beso. Un beso de
esos que te erizan el vello, que te llevan al cielo de ida y vuelta, que te
hacen volar y no saber distinguir entre un sueño y la realidad. No sé cómo lo
hace, me pregunto muchas veces por qué tiene esa capacidad de hacer que no quiera
parar de besarla. Y así hago. Contengo la respiración para gastar mi energía en
besarla una vez más. Y otra. Y deslizo mis manos por su cintura hacia arriba y
hacia abajo. Besos rápidos. Besos eléctricos. Besos llenos de magia. Callando te
quieros. Hablando un lenguaje no verbal que mantiene las pulsaciones
revolucionadas. Vamos a volverlas locas un rato más. Un choque de lenguas. Batallas. ¿Esta vez quién ganará? Yo
creo que quedamos empate. Juegas muy bien. Sabes jugar. Conoces el juego, no me
engañes. Sabes que me vuelves loco, que por ti iría a contracorriente y que me
muero de ganas por hacerte el amor. Y no hablo de follar. Hablo de hacer el
amor. Me sorprendo yo mismo mientras nuestros labios todavía continúan en pleno
desafío. Sabes bien. Muy bien. A frescura y a fresa. Me encanta la fresa y me
encantas tú. Despegamos nuestros labios y aprovecho para enganchar mis dientes
en tu labio inferior. Ríes sobre mi boca y te maldigo por todo lo que has
producido en mi estómago en una milésima de segundo. Sin duda, esta parte es mi
favorita.
-Te dije que sonaba bien. –digo muy cerca de su boca
mientras acaricio su barbilla pasando mi dedo pulgar por ella. –Tu risa, suena
muy bien.
-No me digas esas cosas... -dice tímida sonriendo.
-Nena, mereces que te digan esas cosas. Además, sólo puedo decírtelas yo. Eres mía. -susurro con una voz un tanto ronca.
-Tuya. -afirma. Y aprovecho para robar un beso de su boca. Pego nuestros cuerpos. Están muy juntos. Justin, control. Observo sus labios. Otro beso y un mordisco. No podía resistir.
-Solo mía. -repito. -Mía. -me muerdo el labio.
-No actúes como un celoso enamorado. -ríe traviesa rozando nuestras narices. -No llevamos ni dos días saliendo juntos.
-Pues comienzo a preocuparme porque ya me estás volviendo loco, nena.
-¿Cómo de loco? -pregunta y hace que eleve una ceja.
-Mucho. Muy loco.
-¿Muy loco? Mmm... -se hace la interesante. Y eso le pone bastante a mi miembro.
-Sí, muy loco.
Enseguida un bostezo sale decidido de su boca. Se cubre con las manos y se separa de mí apenas unos centímetros.
-¿Tienes sueño? -pregunto.
-Sí... Estoy agotada hoy.
-Yo también. -me encojo de hombros. -Hoy es nuestra última noche aquí.
-Lo sé. -dice haciendo una mueca y rebuscando en su mochila. -¿Estás pretendiendo decir algo?
-¿Yo? No. -carcajeo. -Tan solo te lo recordaba.
-Ah. -ríe y curva la espalda. -Gírate.
-¿Qué? -elevo una ceja.
-Que te gires, Justin. Voy a ponerme el pijama.
-Eso suena bien. -río.
-Idiota.
-¿No será ese pijama de ositos?
-Pues sí. Estúpido.
-Te hace un gran cul... -me corta.
-Ahórrate los comentarios y gírate.
Carcajeo y no me queda otro remedio que obedecerla. Será duro. Suelo caer en las tentaciones y esta es una de ellas. Me giro y escucho su risa por detrás.
-Cuando estés avísame.
-Que sí. Pero no te gires o te mato, Justin.
-Qué chica más mala. -carcajeo.
-No te burles de mí.
-De acuerdo, de acuerdo.
Escucho cómo lanza su camiseta al suelo y muerdo mis labios. Joder. Mi amigo ya comienza a ponerse contento. ¿Sabéis quién es? Bueno, supongo que se deduce. Mi amigo vive en mi entrepierna y ahora mismo está un tanto desesperado.
-¿Ya te has quitado la camiseta?
-¿Qué más te da?
-Curiosidad.
-Sí me la he quitado.
Respiro hondo. Intento mirar de reojo pero no consigo ver nada. Giro un poco mi cabeza y... empiezo a ponerme malo. Su espalda desnuda. Observo rápidamente un lunar que tiene cerca del hombro. Tío, Justin, relaja, hace tiempo que no mojas y tus pantalones están al borde de estallar con tan sólo mirarla de espaldas. Trago saliva asimilando la situación. Su brasier negro... Uf. Se coloca la camiseta del pijama y giro de nuevo mi cabeza. No se ha dado cuenta.
-¿Ya? -pregunto.
-Eres un pesado. Y un impaciente.
-Y tú una tardona.
-Me desesperas. -suspira.
Tic tac tic tac. Me muevo impaciente sin girarme ni mirar atrás. No quiero que me pille desprevenido. Muerdo mi labio.
-¿Ya? -vuelvo a preguntar.
-No, Justin. Sólo me queda ponerme los pantalones.
-No me tientes.
-Estúpido.
Aprovecho su comentario para girar mi cabeza. Uf. Mi cremallera va a estallar. Sólo me da tiempo a observar sus braguitas a conjunto del brasier y su trasero perfectamente delineado y definido. Me paro a pensar en la primera vez que la vi, era un monstruo. Un bicho. Nunca pensé que pudiera tener ese cuerpo de infarto.
-----------------
IMPORTANTE.
Quería deciros que ya no voy a avisar por mención cada vez que suba capítulo.
Lo siento, pero es que pierdo mucho el tiempo.
Cuando suba avisaré varias veces por mi twitter pero no os mencionaré a cada una porque sois más de 50 personas y es un jaleo.
Perdonarme, ¿vale?
Espero que os esté gustando.
¡¡Besitos!!
RT AQUÍ SI HAS LEÍDO ESTE CAPÍTULO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario