Tu rastro.

viernes, 7 de septiembre de 2012

CAPÍTULO 27.


No he podido dormir en toda la noche. Por una parte lo de Justin, se ha ido y no sé si volverá. Por otra parte empiezo hoy mi rutina. Estoy preocupada. No sé cómo serán las cosas a partir de ahora. Puede que cambien un poco o puede que se vuelvan totalmente diferentes.

En media hora empiezo mi primera clase. Aunque normalmente los primeros días no se suelen hacer grandes cosas. Voy directa a la ducha. El agua recorre cada milímetro de mi piel y me hace sentir bien. Salgo. Me seco. Voy hacia mi habitación con la toalla enrollada en el cuerpo. Pero me encuentro a Ryan en el pasillo. Se queda un poco sorprendido. Nunca me había visto así, la verdad. Lanzo una pequeña risa por lo bajo y entro a mi habitación. Comienzo a revolver mi armario en busca de algo adecuado. Mmm… ¿qué me pongo? Miro la hora. Tengo que decidirme ya. Quedan 15 minutos. Lanzo un suspiro. Me decanto por una blusa color azul claro y unos pantalones blancos de pitillo. Me miro al espejo. Volteo un par de veces para ver cómo me sienta. Y lista. Cojo mi mochila y bajo las escaleras. Casi tropiezo en el último escalón, pero logro mantener el equilibrio. Ryan me mira y ríe.

-¿Ya estás nerviosa y aún ni has entrado a clase? –Me dice.

-Tonto, es que –Miro a mi reloj. -¡¡sólo quedan 10 minutos!!

Voy corriendo hacia la cocina. Me cojo un zumo y me lo bebo al instante. Seguro que luego me sienta mal. Me paro en otro espejo y me arreglo un poco el pelo. Voy hacia el salón donde Ryan me está esperando para irnos y salimos. Vamos a un paso rápido, pues acabo de mirar mi reloj y ¡¡quedan dos minutos!!

Por fin llegamos. No hay casi gente. Es tarde. Subimos las escaleras. Ryan se tiene que ir hacia otro pasillo. Me quedo sola. Hasta que veo mi clase. Me acerco a la puerta, estoy temblando. Llamo a la puerta y asomo mi cabeza. ‘¿Se puede?’ pregunto a la profesora que se haya escribiendo algo en la pizarra. ‘Claro, señorita’, responde. Se hace el silencio. Y entro con toda la vergüenza del mundo. Tierra trágame. Todo el mundo me está mirando. Logro ver a Caitlin que me hace un gesto para que me siente a su lado. Escucho a unas chicas susurrar descaradamente sobre mí. No tengo ni  idea de lo que estarán diciendo. Coloco mi mochila en el respaldo de la silla y me siento.

-Mañana comenzamos la clase con normalidad. Este año va a ser duro, chicos. –Y continúa escribiendo en la pizarra.

-Perdona, -Logro reconocer esa voz. -¿qué pone ahí?

Al instante se gira. Y la veo. Es ella. Paloma. Está en mi clase. Me toca aguantarla todo el curso. Oh, no. Esto es peor de lo que pensaba. Me inundo en mis pensamientos. Justin, ojalá él estuviera aquí. ¿Qué estará haciendo ahora mismo? Saco mi móvil a escondidas de mi pantalón. Quiero enviarle un sms. Pero no quiero empezar mal las clases. Así que me decido a mirar la hora y lo vuelvo a meter en mi bolsillo.

-Mel, no te la juegues. Esta profesora es muy lista. –Me dice Caitlin, a lo bajito.

-Ya. No quiero que me coja manía o algo por el estilo. ¿Cómo se llama?

-Llámala ''Señorita Ruoph''.

Le asiento con la cabeza y sigo prestando atención…

*Pi, pi, pi* Hora de salir. Ya nos vamos a casa. Caitlin, Ana y yo salimos de clase cogidas de la mano. Como en las películas. Sonrío. Pero no encuentro el motivo. El caso es que estoy sonriendo. Me llevan hacia un pasillo donde están las taquillas.  Encuentro la mía. La abro y dejo algunos libros allí.

-Vaya. –Alguien me da un toquecito en el hombro. –Si ahora te veré todos los días.

-Eso parece, Romi. Cuánto tiempo. –Le saludo yo.

-¿Dónde te habías metido? –Me pregunta.

-Pues estuve un tiempo en casa del padre de Justin, trabajando.

-¿Trabajando? –La expresión de su cara cambió.

-Sí, bueno, cuidaba a sus hermanos.

-Ah, pues bien. A él tampoco lo he visto.

-Estaba conmigo. –Reí.

-¿Ah sí? Creía que te habías ido sola.

-¿Sola? ¿Con su padre? –Volví a reír. –No, menuda vergüenza.

-A todo esto… -Se sonrojó un poco. –Te iba a decir si quieres que mañana pase a por ti para venir… Pero supongo que Justin me partirá la cara.

-Justin no está. –Ahora es mi cara la que había cambiado de expresión.

-¿Cómo que no está? –Pregunta extrañado.

-Que no está. Está en Atlanta. –Intento parecer ocupada. –Bueno, me voy que tengo muchas cosas que hacer.

-Adiós, Mel.

Camino hacia casa con los pensamientos rebotando en mi cabeza. Sé que voy a estar día a día pensando en él. Sé que Justin no se va a ir de mi cabeza. Pero de lo que no estoy tan segura es de si volverá.  Saco mi móvil y marco rápidamente su número. Los dedos escriben solos. Tengo unas ganas inmensas de hablar con él, de escuchar su voz.

-¿Bebé? –Miles de escalofríos recorren mi cuerpo a velocidad de la luz.

-¡Justin! –Logro decir.

-¿Qué tal el primer día de instituto?

-La raíz cuadrada de 49 es Justin. Mel + Justin = Amor. –Suelto una leve risa. –No he dejado de pensar en ti, cielo.

-Qué casualidad. Yo no tuve clase de mates pero mi mente pensaba lo mismo. –Lo oigo reír. Mi corazón se acelera. -¿No me preguntas cómo me ha ido el día?

-¿Cómo le ha ido el día, Señor Bieber? –Le pregunto con una voz extraña. Y esta vez, consigo escuchar de nuevo su risa.

-Muy bien, princesa. Scooter me está enseñando varias cosas para seguir adelante. –Se oye un ruido como si alguien le hubiera arrebatado el móvil.

-¿Mel? ¿Melanie? –Me pregunta una voz desconocida.

-Sí, soy yo. ¿Tu quién eres?

-Soy Scooter. Encantado. Sólo quería decirte que traes loco al chaval, y que en un día que llevamos juntos ya me ha hartado de hablar tanto de ti. –Se escucha a Justin de fondo ‘Hey, man, ¡devuélvemelo!’. Río.

-Eh, bebé. –Ahora ya hablo con Justin. –Mañana hablamos más, ¿vale?

-Vale, amor.

-Te quiero.

-Yo más.

-No, yo más.

-Mentira. Te quiero más y no te voy a dejar tiempo a responder. –Y cuelga.

Este chico y su manera tan tonta de hacerme sonreír. Ya he llegado a casa. Le doy un beso a papá en la mejilla y subo las escaleras. Dejo la mochila sobre la cama. Hoy no me tumbo a pensar en los planes que hacer junto a él por la tarde. Ni paso la lengua sobre mi labio inferior para notar el sabor de su beso. Ni siento cosquilleos en mi estómago porque en unas horas lo volveré a ver. No. Porque él no está. Sólo me queda escuchar su voz. Y ahora que se ha ido me siento extraña, pequeña, sin él. Sentía un vacio enorme, me faltaba algo, me faltaba él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario