Tu rastro.

domingo, 21 de octubre de 2012

CAPÍTULO 37.



| Narra Mel |


Silencio. Tan solo logro escuchar el ruido de unas máquinas que van al ritmo de mis pulsaciones. Me siento en una nube. Estoy en una especie de sueño. No noto ciertas partes de mi cuerpo y tampoco logro entender esto. Me pregunto qué me pasa. Abro los ojos poco a poco. Despacio. Contemplo dónde estoy. Una habitación oscura donde apenas alumbran unos pequeños rayos de luz que atraviesan las estrechas franjas de madera que cubren aquella ventana. Y ahí está ahí papá. Detiene su mirada en mí y cambia la expresión de su cara. Veo como sale de la habitación con rapidez. Parece que vaya a avisar a alguien de que me he despertado. Pero no recuerdo nada de lo que ha sucedido. A los pocos segundos aparece con una enfermera. Mientras, me da tiempo a dirigir mi mirada por todo mi cuerpo. Llevo puesto unos goteros y un aparato para respirar. Mis piernas están vendadas y mis brazos llenos de heridas. Lo que suelo ver en las películas que tanto asco me dan, pues ahora la protagonista soy yo. Y no especialmente de algo bueno.  Me pesan los ojos, estoy demasiado cansada. Como si un camión me hubiera pasado por encima unas cinco veces. Es algo extraño. Poco a poco se me van cerrando.

-Mel, soy papá. Despierta otra vez por favor. –Lo escucho. Incluso puedo percibir que está derramando lágrimas por el tono de su voz.

-Tranquilo. Cálmese. Quizás necesita descansar. –Le dice aquella enfermera.

-No puedo, es mi hija, y ha despertado. Llame a alguien, por favor.

Escucho el cierre de la puerta y deduzco que ha salido la enfermera de aquí. Ahora mismo no me sale ni el habla. Pero papá, si pudiera decirte algo, te diría que no te preocupes, que estoy bien, que te quiero. Que no llores por mí ni lo pases mal. Ahora es mi turno. Voy a hacer un gran esfuerzo, y voy a abrir los ojos que ni te imaginas cómo me cuesta hacer esto. Será una pequeña señal para decirte que todo va bien, que te tranquilices. Entonces, lo hago con cuidado. Y lo hago por ti.

-Mel, ¡estás despierta!

Su rostro refleja una gran felicidad. Yo apenas puedo sonreír, pero estoy segura de que él también nota que me estoy alegrando. Quiero comunicarme de alguna manera, pero todavía no me encuentro con las fuerzas suficientes.

-Mel, dime algo, por favor.

Pero no obtiene respuesta. Y me duele. Quiero decir algo, pero de mi cuerpo no salen palabras. Lo intenta de nuevo.

-¿Te encuentras mejor, cariño?-Me pregunta pausadamente.

-Sí. –Le dedico mi primera palabra después de todo esto. He reaccionado sin más. Percibo su emoción. –Papá, ¿qué me ha pasado?

-Hija… -Lo noto inquieto, cómo si no supiera qué decirme.

-Dime la verdad, no me asusto. Ya sé la situación. Sólo quiero saber qué me ha pasado, por qué estoy en la habitación de un hospital con máquinas a mi alrededor.

-Mira, -Se acomoda en un asiento que se encuentra a pocos centímetros de mí. –tuviste un accidente. Caíste desde una gran altura y la verdad es que es un milagro que sigas con vida.

Me quedo sin palabras. No sé qué decir porque no recuerdo nada de eso. Y me entra un miedo increíble. Me asusta la idea de que no recuerde algo o a alguien. Papá sonríe. Saca su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón vaquero. Teclea un número a gran velocidad y se aleja. No tengo ni idea de a quién puede estar llamando.


| Narra Justin |


No he podido pegar ojo en toda la noche. Esto me supera. No aguanto más. Necesito estar cerca de ella. Odio tomar decisiones mientras renuncio a algo. Pero ahora me da igual todo, ella es más importante que todo esto. Suena mi teléfono y corro lo más rápido posible con la esperanza de que sea una buena noticia. Kenny me mira extraño. Deslizo el dedo por la pantalla táctil descolgando. Es su padre.

-Dime que está mejor, por favor. –Las manos me tiemblan y casi se me cae el móvil al suelo.

-Buenas noticias. Ha despertado.

-Ya voy para allá.

No me lo pienso dos veces. Meto en la maleta algunas camisetas que están tiradas sobre la cama. Recojo los demás trastos.

-Kenny, nos vamos.

-¿Dónde? Justin, tú esto no lo decides.

-Pues me voy. –Digo mientras voy metiendo cosas en bolsas.

-No puedes hacer eso, tío.

-Tengo 18 años, sí puedo.

-Pero… -Le corto.

-Que Mel ha despertado, joder.

Se queda en silencio. Cierro la maleta. Está completa y no cabe nada más ahí dentro. Me acerco al cuarto de baño y me miro al espejo. Hoy es diferente a otros días. No me veo bien. Abro el grifo y recojo con mis manos el agua para a continuación estamparla contra mi cara. Me mojo un poco el pelo y salgo a toda hostia a buscar a Scooter. Llamo a su puerta. Una vez, dos veces, a la tercera me abre.

-Scoot, vámonos.

-Hoy es día de descansar, Justin. ¿Dónde quieres ir? –Me mira con asombro y una cara de dormido que no se la aguanta.

-Mel ha despertado. Necesito verla, por favor.

-Estás loco. ¿Sabes que ya nada es igual que antes? No puedes salir a la calle sin más. Los fans están ahí, y crees que no pero inconscientemente corres peligro.

-¿Me estás diciendo que no puedo ir a visitar a mi novia que ha estado al borde de morir, porque soy famoso?

-No he querido decir eso.

-A veces hay que romper las reglas. Esta vez hay que hacerlo.

-Está bien, chavalote. –Me da un pequeño golpe en la barriga. –En un cuarto de hora salimos de aquí.

Salgo y cierro la puerta con cuidado. Me siento en el mismo pasillo del hotel. Una señora me mira con cara extraña. Seguro que piensa que qué hago ahí. Me olvido del mundo y pienso en ella, en su sonrisa. En las cosas increíbles que despierta en mí. No puedo estar sin ella, no soy yo. Cada día me doy cuenta de que la necesito más. Y por una parte tengo miedo. Miedo de que se enfade porque no puede ir antes a verla. Porque lo que ella no sabe es que la tengo presente cada segundo en mí. Sin ella, no puedo.


| Narra Mel |


Más tarde me encuentro con más ganas. La enfermera trae en una bandeja con sopa en un plato hondo y varias piezas de fruta.

-Tienes que comértelo todo, ¿vale? –Me dice con esa mirada tan penetrante. Tiene unos ojos azules preciosos. –Así cogerás fuerzas. –Lo coloca sobre mis piernas y sale de la habitación.

Estoy sola. Papá ha salido un momento y no ha vuelto a entrar. Decido encender la televisión para distraerme un poco. Este canal no. Este tampoco. Mejor pongo la radio. Me peleo varias veces con el mando, pues no encuentro el botón adecuado para cambiar el modo de televisión. Me despejo, la música me hace adentrarme en otro mundo.

Ya me he tomado la sopa y ahora pego el primer mordisco a la manzana. Está rica. Intento recordar aquel día, pero nada. No dejo de pensar en eso. ¿Qué más recuerdos habrán escapado de mi mente? Mi duda sigue ahí, en mi cabeza. Llaman a la puerta. No tengo tan sólo ni un segundo de tranquilidad.

-¿Se puede? –Dice una voz familiar desde allí.

-¡Ryan! –Digo sorprendida al verlo entrar. –Pasa, pasa.

-He salido corriendo del instituto para verte, todos me han preguntado por ti. –Se acerca a mí y me deposita un beso en la frente.

-¿Y Caitlin? ¿Y Ana?

-También. Estaban muy preocupadas y esta tarde pasarán a verte.

-¿A ellas no les sucedió nada?

-No… -Intenta cambiar de tema. –Bueno, ¿estás mejor?

-Sí, pero necesito despejarme. ¿Me haces un favor, Ryan?

-Claro, dime.

-Quiero mirar cómo llevo la cara.

-Estás bien, tranquila.

-Quiero saber cómo estoy ahora mismo.

-Sólo llevas algunos rasguños, nada más.

-Por favor…

-Vale, ¿te puedes mover?

-No. Pero ahí -Señalo a una pequeña mesita blanca que tengo delante. –hay un espejo.

Tengo miedo de no ser la misma, de haber cambiado, de ser diferente. Pero esto, es un secreto. Voy a aparentar normalidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario