|Narra _____|
Me levanto más temprano de lo esperado. Mi mejilla está
pegada a la almohada y abro los ojos descuidadamente percatándome del día que
me espera. Alguien ha dejado el ventanal abierto y una dulce brisa de aire
golpea en todo mi cuerpo provocándome escalofríos. Me deshago de la ligera
sábana que cubre mis piernas y me pongo en pie frotando mis ojos con las manos.
Recojo mi pelo en una alta coleta y dejo de nuevo que el viento golpee mi
cuello.
Al lado de la puerta está la mochila y varias bolsas llenas
de ropa. Nunca me gusta llevar lo justo, aunque para el campo no necesitaré
muchas prendas de vestir. Saco las bolsas fuera y las dejo en un rincón.
Una camiseta ancha y larga hasta un poco más arriba de mis
rodillas es todo lo que llevo puesto. Camino descalza por el pasillo pasando
por la habitación de él. Tiene la puerta cerrada. No puedo saber si está
todavía durmiendo o ya se ha despertado. Las ideas sobre darle los buenos días
y entrar ahí sin más golpean en mi cabeza provocándome sin cesar. Me acerco a
la puerta y la abro despacio haciendo que un chirrido casi inaudible llegue a
mis oídos. Malditas tentaciones. Lo hice. Ya estoy aquí. Mi mirada impacta directamente contra su cuerpo tendido en la cama
boca abajo. Una sonrisa tiernamente se coloca en mi rostro. Mordiendo mi labio
me acerco un poco más hacia él visualizando su cara angelical durmiendo. Quién
lo diría. Es tan tierno y dulce. Pero cuando se levanta es el tipo duro, el pasota al que todo le da igual. Yo en
cambio tengo complejo de poeta de los de antes, no puedo pasar desapercibida. Un
alma libre.
Me quedo quieta observándole. Entonces un picor se avecina
en mi nariz y me entran ganas de estornudar. Achís. Me cubro la boca
inmediatamente como si nada hubiera pasado.
-¿Bicho? –murmura él extendiendo su brazo hacia mí pero sin
abrir los ojos.
-¿Sí? –susurro en voz baja maldiciendo todo.
Justin enrolla su brazo en mi cintura y me atrae hacia él
haciendo que me siente en su cama justo a su lado mientras él continúa tumbado.
-¿Qué hacías aquí? –pregunta adormilado sin levantar su
mirada.
-Me pasaba a darte los buenos días.
-Buenos días, nena. Aunque podrías haber avisado.
-Lo siento, no era mi intención… -muerdo mi labio
maldiciendo a mi mala suerte.
-No lo sientas. Me gusta.
Estirando de mi cintura de nuevo me acerca a él y cuando me
doy cuenta estamos cara a cara tumbados, compartiendo una misma almohada y casi
chocando nuestras respiraciones. Unas hormigas inoportunas se cuelan en mi
estómago sin avisar y de nuevo esas sensaciones que me matan por dentro.
Sus ojos color miel me intimidan y enseguida una sonrisa
escapa de su boca. Acaricia mi barbilla con su dedo pulgar y une nuestros
labios con autoridad. Un beso firme y sin lengua. Ahora separamos nuestros
labios.
-¿Has dormido bien? –me pregunta sin apartar la mirada de
mí.
-Sí, he querido aprovechar bien antes del campamento. ¿Y tú?
-Lo mismo que tú. –suspira. -Hey, nena, tienes que tener
cuidado con los mosquitos allí. Te van a comer viva y –dirige su mirada a mis
labios y luego la centra en mis ojos. –no querrás que me ponga celoso.
-Mmm… lo peor no van a ser los mosquitos. –suelto una leve
risa.
-Ah, ¿no? –frunce su ceño.
-Lo peor va a ser la víbora que andará por ahí suelta.
–carcajeo.
-¿De qué hablas? –me pregunta sin captar lo que estoy
queriendo decir.
-De Sarah.
Ahora carcajea él fuertemente y de pronto se coloca encima
de mí. Me asusta por una parte y me agrada por otra. Nunca he estado en una
misma cama con un chico. Y menos cuando ese chico es algo más (ahora mismo no sé
el qué). Se acerca a mi boca provocador y yo me quedo paralizada. No sé cómo
reaccionar. Está tan cerca. Los escalofríos empiezan a erizar mi vello.
-Esa ha sido buena, nena. –susurra pasando la lengua por su
labio inferior.
-¿Y ahora qué?
-Ahora te voy a besar.
No me deja asimilar nada y su lengua ya está rozando la mía.
Cierro los ojos y continúo besándolo sin cesar. Mi labio inferior se acopla
perfectamente justo debajo del suyo. Enrosco mis brazos alrededor de su cuello
y me elevo lo más mínimo para continuar. Sus rodillas continúan a cada lado de
mi cintura. Y una más de nuestras batallas. Muerde mi labio inferior y suelto
un quejido inoportuno. Me separo un poco y él se tumba ahora mirando al techo
con los brazos extendidos detrás de su cabeza.
El silencio aparece de inmediato. Y decido romperlo en mil
pedazos.
-¿Allí no podremos estar así… como ahora? -le
pregunto con timidez enroscando mi pelo en mi dedo índice.
-Me temo que no…
-¿Si nos pillan pasaría algo?
-Sí.
-¿El qué?
-Nos expulsarían, doña preguntas.
-¿Doña preguntas? –giro mi cuerpo para contemplar bien su
cara.
-Sí, siempre me acribillas a preguntas de todo tipo. –dice
sin detenerse a mirarme.
-Soy muy curiosa, lo siento.
-Y un bicho. Mi bicho.
-¿Quién dice eso? –digo lanzándole un puño débil a su
barriga.
-Yo. –dice capturando mi puño y acercándose a mí. –Te gusta
estorbar, eh.
-No, precisamente estorbar no. –digo elevando mis cejas con
orgullo. –Otras cosas sí.
-¿Otras cosas? Sé más precisa, nena. –sus labios comienzan a
inflarse a medida que se aproxima a mí.
-Lo puedes adivinar tú solito. –le desafío.
-No me tientes a hacer cosas muy precipitadas. –agarra mi
barbilla y tan sólo nos separan nuestras respiraciones. –Me vuelves loco, por
si no lo sabías. Y los locos si juegan con ellos cometen locuras.
Mi estómago se contrae y algo impide a mis palabras salir
expulsadas de mi boca. En fin, que me quedo callada explorando cada pequeño
defecto suyo. Su perfecta piel, sus labios tan bien definidos e inflados, los
pequeños lunares situados en sus mejillas y sus ojos de lince. Eso sí, mi corazón no deja de latir con fuerza. Justin provoca en él algo extraño que lo revoluciona de manera completamente loca.
De pequeña constantemente me preguntaba si existía el chico
perfecto, el príncipe de las películas, y ahora me estoy dando cuenta de que lo
tengo delante de mí.
¿Qué me pasa?
El tiempo se congela.
-Deberíamos de irnos preparando.
Me quedo sentada en su cama observando cómo se pone en pie y
busca en todo su armario una camiseta para cubrir su pecho y sus abdominales.
Me encanta mirarle, me encanta aunque esté de espaldas.
-Yo… yo también voy a prepararme. –tartamudeo.
Camino cabizbaja dispuesta a abrir la puerta para salir pero
unas manos la cierran al segundo y estampan mi espalda contra ella. Quedo
completamente atrapada.
-Nena, no ibas a escapar tan fácilmente de mí. –murmura
Justin en mi oreja.
-¿Qué quieres decir? –pregunto con la respiración
entrecortada.
-Que no te quiero dejar ir.
-Si quieres me espero un rato más… -digo moviendo mis pies
nerviosa.
-Bicho.
-¿Qué?
-No estoy hablando de ahora mismo. No te voy a dejar ir por
un largo tiempo, que lo sepas.
Mi corazón se detiene. ¿Habla enserio? ¿A qué viene esto?
¿Es una broma y no me he enterado?
A veces la realidad supera a la ficción. Se lanza a mi boca
y se me acaba el poco oxígeno que tenía almacenado en mi interior. Nuestras
bocas otra vez comparten un mismo espacio y sus manos bajan hasta mi cintura.
Aprieta allí un poco mientras nuestras lenguas se divierten jugando a su juego
favorito. He de reconocer que Justin es un buen besador.
Me aparta el cabello hacia un lado y comienza a besar mi
cuello. Socorro. Esa zona… simplemente es prohibida. Lo sabe. Pero sigue
besando mi piel. Un pequeño mordisco. Me contengo. Siento sus labios. Otro
mordisco. Mi piel arde.
-Para. –susurro apartándolo de mí.
-¿Por qué?
-Ahora no Justin…
-¿Y cuando? No sabes las ganas que tengo de…
-¿De qué? –me precipito.
-De ti. De ti entera.
-Lo siento… -murmuro acercándome a él.
-A veces no me puedo contener, bicho. Contigo no.
-¿Eso es bueno o malo?
-¿Quererte es bueno o malo?
-Bueno. -susurro acoplando los labios en el interior de mi boca.
-Entonces no te preocupes.
–Ya sabes que no
estoy acostumbrada a esto.
-Lo sé, y no quiero presionarte. Lo siento yo, ¿vale? –una
sonrisa ilumina todo su rostro haciéndome sonreír a mí también.
-Vale. Voy a preparar todo.
Me encojo de hombros, le planto un rápido beso en los labios
y salgo de la habitación.
{1 hora más tarde}
-¿Estáis listos?
-Sí, papá. Arranca de una maldita vez. –ordeno.
-Espera a que este cacharro… -se escucha el ruido del motor.
–ahora.
Estoy sentada en la parte trasera del coche acompañada de
mil bolsas de plástico y una maleta. Tan sólo son tres días de infierno. Espero
que el campamento pase rápido. Aunque está él.
Ahora me encuentro observándole mientras se mueve incómodo en
el asiento de copiloto. Lleva puesto unos cascos con la música a todo volumen
que hasta yo misma puedo escuchar. Justin mueve sus labios discretamente como
si estuviera tarareando una canción. También lleva unas Rayban cubriendo sus
ojos, una camiseta básica blanca con cuello en forma de V, vaqueros negros y
supras rojas. Hoy no parece tan chico malo. Me gusta así. Aunque si soy
sincera, me gusta de todas las formas posibles.
Bajo la ventanilla y aspiro el aire fresco y suave que llega
a mí. Es una de mis sensaciones favoritas. Me quedo mirando los árboles y la
fauna que nos rodea junto con los grandes chalets que ocupan una parte de la
urbanización.
Mientras papá conduce y Justin se distrae con su móvil, yo
me dedico a pensar y crear toda clase de historias en mi mente. Y por supuesto,
él es el protagonista de cada una de ellas. Yo no me explico la manera en la
que se adueña de mis pensamientos y aparece en mi corazón que lleva cerrado con
candado mucho tiempo. Además, yo estoy perdida en los libros. Estoy acostumbrada a meterme tanto en la piel de una chica enamorada que ahora mismo no sé yo ni lo que soy. ‘Bicho raro’.
Cuando me doy cuenta ya estamos en la parada del autobús.
Papá frena y aparca el coche en una zona prohibida. Pero tenemos el tiempo
suficiente para bajar todos los trastos. Justin se desabrocha el cinturón casi a la vez que yo. Nos
percatamos y nuestras miradas se encuentran rápido. Bajo del coche y planto mi
pie en el asfalto de la carretera. Acoplo en mis brazos y muñecas varias bolsas
y Justin coge su maleta, que por cierto, debe de costar un pastón.
-Me haces gracia.
-¿Por qué, bicho? –dice elevando sus cejas.
-Porque eres un chico pijo y malo a la vez.
-¿Nunca has visto a alguien como yo, verdad?
-No.
Se quita las gafas y las mantiene en su mano mientras sus labios se vuelven un poco más gruesos.
-Yo tampoco he conocido a alguien como tú.
Sus palabras causan terremotos en mi estómago causando desastres de todo tipo. Y entonces sucede algo extraño. Le miro y me mira. Y nos decimos todo con la mirada, nos leemos la mente. Hay gestos que hablan por sí solos.
Elevo mis hombros y muerdo mi labio
inferior. Ahora me dirijo a papá que prende un cigarrillo en su boca a la vez
que juega con el volante.
–Te llamaré en cuanto llegue, ¿vale?
-En cuanto pongas un pie en el suelo, cariño. –me advierte
con una sonrisa en sus labios.
-Vaaaaaale. –rodeo mis ojos y alargo la 'a'. –No te
preocupes tanto.
-Eres lo que más quiero en este mundo, es normal que lo
haga.
-Y tú eres el mejor padre que existe en la Tierra. –planto
un beso tierno en sus mejillas un tanto arrugadas. –Pero también el más pesado.
–río.
-Venga, pásalo lo mejor posible. Haz caso a los superiores y
nada de más castigos o me enfadaré de verdad por un largo tiempo. –añade serio.
-¿Queda claro?
-Sí. –susurro con una gota de arrepentimiento. –Lo siento…
me portaré bien.
-Confío en ti. –acaricia mi hombro. –No quiero que le pase
nada, -dice dirigiéndose a Justin. –cuídala, por favor.
-Confía en mí, Mathew. –Justin le tiende la mano a mi padre.
–Confía en mí. –repite convencido.
-Perfecto. Entonces me marcho ya. –dice papá girando las
llaves del coche. –Mucha suerte.
-Gracias. –exclamamos Justin y yo al unísono despidiéndonos.
Papá arranca y observo cómo se aleja de nosotros. Una brisa
de aire menea mi pelo ligeramente.
-¿Qué nos esperará estos días? –pregunto a Justin que no ha
apartado su mirada de mí en ningún momento.
-¿Me ves con cara de adivino o algo, nena?
-No, estúpido. Pero era una duda que no deja de pasarme por
la cabeza.
-¿Sabes qué?
-¿Qué?
-Que no sé cómo me las apañaré para escaparme a verte por
las noches.
-Ni se te ocurr...
-Sí. -me corta.
-Ni soñarlo, Justin.
-¿Por qué, nena?
-Porque eso suena muy pervertido.
-No te voy a hacer nada, sin tu permiso, claro. –da un paso
hacia mí.
-Reduce la velocidad, ¿no?
-Lo que tú quieras, nena. -carcajea y yo lanzo un largo suspiro. -¿Has cogido tu pijama de ositos?
-Eres un idiota. Ni te va ni te viene.
-Te hace un buen trasero, lo creas o no. –se muerde el
labio.
-Entonces no me lo pondré. –contesto agria.
-Te enfadas enseguida, eh. –dice atrayéndome hacia él tirando
de mi muñeca. –Y ya te advertí qué pasaba con eso, así que para.
-¿Qué pasaba? –pregunto haciéndome la tonta.
-No lo quieras saber. –dice pasando la lengua por los
extremos de su boca.
Estamos cerca. Maldita sea la poca distancia que nos separa.
Ambos la queremos romper como si se tratara de tirar un vaso de cristal y
hacerlo en mil pedazos al segundo.
-Sí lo quiero saber. –digo convencida.
-Que me pones a mil por segundo, bicho. Por segundo.
Un largo escalofrío atraviesa toda mi columna vertebral y
mis mejillas empiezan a encenderse. Lo odio. Odio cuando hace eso. Aunque en
verdad no. Me confunde a mí misma. Me gusta. Me encanta, a decir verdad. Me
encanta todo lo que produce en mí. Ese efecto que sólo él consigue. ¿Cómo lo hace? ¿Por qué? Necesito muchas respuestas para mis dolores de cabeza.
-No me piropees de esa manera, estúpido.
-Es mi manera. Y en verdad te gusta.
-¿Qué? –carcajeo fingiendo una falsa risa.
-Que te ruborizas enseguida que te digo algo. Siempre me
fijo en tus mejillas, están rojas ahora mismo.
-Mentira. Eso es por… el calor.
-Estamos en Canadá, nena. Aquí nunca hace de eso.
-Ay. –me quejo soltándome de su agarre. –Déjame en paz.
–digo aunque por dentro estoy deseando que continúe.
-Vale, vale. –pone sus manos en alto. –Luego no me busques.
-¿Alguna vez lo he hecho? –apoyo ambas manos en mi cadera.
-Esta mañana sí.
-Hmmm… -reniego en voz baja. –Tienes razón. –admito
cabizbaja.
-¿Cuándo no la tengo?
-Muchas veces, señor 'tengo el ego por las nubes'. -digo con una voz graciosa.
-Cuando te dije que eras muy bonita... ¿te acuerdas?
-Sí, ibas borracho.
-Pues seguía llevando la razón.
-No.
-Sí.
-He dicho que no.
-Deja de llevarme la contraria.
-Eres tú quien me lleva la contraria a mí.
-Eso es porque me gusta ver como te desesperas.
-Muy bonito por tu parte.
-Bicho.
-¿Qué quieres?
-Te quiero a ti.
Otra vez sin avisar se adueña de mi boca. Con su mano en mi barbilla profundiza el beso. Qué dulce. Qué todo. Cierro los ojos y me sumerjo en nuestro mundo de dos. No importa quién nos vea. Olvido todo. Mi cuerpo descansa tranquilo mientras mi lengua se estampa contra la suya. Y promovemos otra guerra. Todas las guerras deberían ser así.
Sabes a menta fresca. Y desde que la probé de tus labios se ha convertido en mi perdición.
-¿Desde cuando los malentendidos acaban así?
-Desde que el destino te interpuso en mi camino, bicho.
-¿Y eso...?
-Eso quiere decir que somos diferentes, que somos capaces de arreglar nuestras diferencias.
-¿Con besos?
-Con todo. Todo vale.
Su pulgar acaricia mi cuello y poco a poco va bajando dejando su dulce rastro en mi piel.
-No me quiero separar de ti pero... me tengo que ir allí antes de que nos vean juntos.
-Es verdad, nena. No quiero más problemas.
-Ni yo...
-Tenemos que crear un código.
-¿Un código?
-Sí, para sólo podernos entender tú y yo.
-De acuerdo. Y... ¿cuál es el código?
-Pronto lo sabrás.
No sé qué clase de juego es este pero sin duda me tiene intrigada. Mi estómago da vueltas. Agarrando mis pertenencias para este peculiar viaje me
dispongo a caminar directa a la parada del autobús que nos lleva. Hay unos
cuantos profesores que conozco poco pero les saludo con una sonrisa y un
movimiento de cabeza.
-¡Hey _____ ! -unas manos cubren repentinamente mis ojos.
-¡Vanessa! –exclamo al reconocer su voz. Me giro para verla.
-¿Estás nerviosa? –me pregunta moviendo sus manos sin parar.
-¿Por qué iba a estarlo? –río.
-No sé, pero yo creo que lo pasaremos bien dejando el
castigo a un lado. Piénsalo. Además, está tu amor. –me guiña un ojo burlona.
-¡Oye! –la empujo levemente sin dejar de reír. -¡Esas cosas
no!
-¿Por qué? ¿Acaso no son verdad? –vuelve a guiñar el ojo. Yo
simplemente río. –Por cierto, ¿dónde te lo has dejado?
-Exactamente con su maleta que costará más que un riñón mío.
–bromeo.
-Oh, -se tapa la boca. –seguro que sí. ¿Quieres que te
cuente un secreto?
-Me das miedo. –río mostrando mis dientes.
-Te envidio. –susurra en voz muy bajita.
-¿Qué dices, Vanessa?
-Que te envidio. Mírate, siempre sonriendo, dejando a un
lado los problemas, sacando buenas notas, y teniendo al chico que nunca se
enamora detrás de ti.
-Te equivocas…
-No, no lo hago. No estoy mintiendo, _____.
Nunca en mi vida me he sentido halagada de esa manera y
mucho menos envidiada. Soy yo la que siempre envidio al resto de chicas. Ellas
son guapas con o sin maquillaje, visten bien y gustan a todo el mundo. Caminan
por los pasillos del instituto o de la universidad y todos los chicos babean al
ver sus traseros, en cambio yo soy la excepción de toda chica de mi edad. Difícil
y más segura de mí misma.
¿Y qué pasa cuando sucede lo contrario? ¿Cuándo eres tú la
envidiada? Que no lo crees.
A los pocos minutos aparece la directora y podemos subir al
autobús. Dedico al conductor una de mis mejores sonrisas y me devuelve otra
agradablemente. Dejamos los trastos en una parte y nos sentamos en los
respectivos asientos. Saco de mi bandolera un pañuelo y lo enrollo en mi
cuello.
-¿Te gusta? –le pregunto a Vanessa que mira al objeto que
cubre mi punto débil.
-¡Me encanta! –exclama manoseando el pañuelo. –Me encanta,
me encanta. ¿Dónde lo compraste?
-Me lo regaló mi madre antes de morir. –susurro melancólica
juntando mis labios en una perfecta línea.
-Oh, lo siento. Yo no pretendía…
-No, tranquila. No pasa nada. –esbozo una sonrisa. -Tenía
muy buen gusto.
-No lo dudo. Es precioso… -dice con la boca abierta en forma
de O.
-Lo uso en muy pocas ocasiones. Casi siempre lo reservo…
-suspiro.
-Pues ves con cuidado…
-¿Eso tiene un nombre, no?
-Sí, Sarah.
Apoyo mi cabeza en el respaldo echándola hacia atrás y
esbozo otro suspiro. No sé por qué, pero se crea un nudo en mi interior cada
vez que escucho su nombre. No me gusta esa chica. No es de fiar y tampoco me trae
buenas sensaciones.
-------------------------------------------------------------
Primero de todo, gracias por leerme. Estoy recibiendo muchos comentarios que me animan a seguir escribiendo y la verdad es que me inspiran también.
Y bueno, os aviso de que las cosas van a empezar a ponerse interesantes, ¿estáis preparados?
Os leo en #ImprobableDirección o si queréis mencionarme en @LydiaBiebswag.
Muchos besitos.
RT AQUÍ SI HAS LEÍDO ESTE CAPÍTULO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario