|Narra _____|
Una semana esquivando tu mirada. Una semana intentando huir
de mis pensamientos. Una semana con dolor de cabeza y sin sentir esos
tembleques en mis piernas al tenerte cerca de mí. Una semana sin que esos ojos
se posen en mi rostro intimidándome y haciendo que me ruborice. Una semana con
un vacío interior que sólo tú podrías curar. Me haces falta y no lo quiero
reconocer. De todas formas, fui yo quien elegí esto.
No entiendo porqué me buscabas, ni todas esas palabras, si
al fin y al cabo era una más. Debí de creer a Vanessa desde el principio. Tú no
eres lo que busco y ni te imaginas la cara de tonta que se me quedó cuando me
contaron que el mismo día que decidí poner un fin a esto (que no era nada)
acabaste divirtiéndote en las duchas del vestuario con mi propia amiga. Y yo
callada, aparentando que todo va bien y reflejando mis sentimientos hacia ti en
un maldito diario. Porque claro, no lo puede saber nadie. Es mi secreto.
Pensaba que sería lo suficientemente fuerte para continuar,
pero me siento débil cuando pasas por mi lado y no te puedo acariciar. O cuando
apoyo mi espalda en la pared que conecta nuestras habitaciones y no puedo
decirte un simple ''ven aquí, que te necesito''.
Es increíble cómo pasan personas por tu vida y se van sin
más, pero luego llegan otras dejando huella en tu corazón y en tu mente. Una
huella permanente, que cuesta borrar e incluso es difícil querer borrarla.
Robarnos unos cuantos besos, compartir miradas y risas
divertidas durante unos días fueron la fórmula secreta suficiente para
quererte. Sí, quererte. Y aunque probablemente yo me haya esfumado de tu cabeza
como el humo se marchita del café, a mí aún me tienes aquí, abrazada a mi oso
de peluche imaginando que eres tú. Huele a ti, quizás no sabes que te robé un
poco de tu perfume y, no me culpes, es la tentación de tenerte en la habitación
de al lado.
Me he inflado a ver películas de amor intentando averiguar
de qué va esto, pero no entiendo nada. Esa es la clave, dicen que el amor nos
ciega y llegamos a un punto en el que no sabemos qué hacer, qué decir, ni qué
sentir. Y eso me pasa. Es tu maldita culpa por tener esos ojos color miel que
enganchan, esa sonrisa que enloquece a cualquiera y esa mirada tan sincera.
Porque por muy estúpido que puedas llegar a ser, me sigues encantando.
Mi diario ha aumentado de peso, he escrito relatos en él de
todo tipo. Las historias que se crean en mi cabeza son tan perfectas que una
vez más acabo dándome de bruces con la realidad. La mayoría de los problemas que tengo,
los creo en mi mente. Soy demasiado inocente unas veces, hasta que me toman el
pelo. Ahí es cuando aprendo verdaderamente. Pero a pesar de todo sé disimular
muy bien, puedo estar por los suelos y mantener con mi sonrisa iluminadas todas
las calles de Nueva York. Soy toda una experta en fingir que soy feliz, incluso
a veces me he planteado eso de ser actriz. No soy una chica muy común, pero eso
me gusta.
-¿Te encuentras mejor, cariño? –una mano cálida acaricia mi
hombro.
-No demasiado. –digo con los ojos todavía cerrados.
-Será mejor que no vayas a clase.
-¿Qué hora es? ¿Es muy tarde? –pregunto sobresaltada.
-No, tranquila. Descansa.
-¿De verdad, papá? –miro a sus ojos.
-De verdad. –me sonríe.
-Menos mal… -suspiro.
Sentándose en un hueco de la cama justo a mi lado me besa la
frente y se queda unos largos segundos observando mi habitación.
-Veo que sigues siendo igual de ordenada que mamá. –ríe
melancólicamente.
-No cambiaré. –muerdo mi labio inferior. -¿La echas en
falta?
-Mucho. –hace una pausa. –Pero ya sabes que la vida continúa
y ella querría esto, vernos felices.
-¿Lo eres, papá? –trago saliva. -¿Eres feliz?
-Sí. –acaricia mi mejilla. –Te tengo a ti y eres mi gran
tesoro. ¿Lo sabes, verdad?
-Ay, ¡no me sonrojes! –lanzo un débil puñetazo a su barriga.
-Tan solo te estoy confesando la verdad.
-Lo sé. –digo con mis mejillas cobradas de un color rojizo.
–Siempre sabes cómo animarme. Gracias. –susurro.
-Soy tu padre, es lo menos que podría hacer por ti. –se
encoge de hombros. –Y tú, cariño… ¿Eres feliz? –la pregunta me pilla de imprevisto.
-Sí… -digo melancólica, mintiendo una vez más.
-Eso espero, si necesitas algo ya sabes que aquí estoy para
hablar.
-Lo sé. –esbozo una sonrisa. -¿Sabes que hice una amiga en
la universidad?
-¿Si? –pregunta mientras su cara cobra una expresión alegre.
-Sí, se llama Vanessa, como la tía.
-Un nombre muy bonito. ¿Y no hay ningún chico por ahí?
-¡Papá! –disimulo ante la maldita pregunta. –No… -rodeo mis
ojos.
-Ay, estos chicos de hoy en día… No saben apreciar la
belleza que tienen cerca. –niega con su cabeza como si no pudiera creer que lo
que digo fuera cierto.
-Eso no es del todo cierto. –río.
-Sí lo es. –afirma convencido. -Hija, Pattie y yo nos vamos,
te dejo aquí ¿vale?
-Vale. –afirmo. -¿Me voy a quedar sola en casa?
-Sí. Justin ya se ha ido a la universidad y nosotros tenemos
trabajo que hacer…
-Bueno, no pasa nada.
-Si necesitas algo llámame, ¿de acuerdo?
-Sí, papá.
-Te quiero. –deposita otro beso en mi frente y camina
alejándose.
-Y yo. –murmuro.
A los pocos minutos escucho el ruido de la puerta principal
al cerrarse. Ya se han ido. Y aquí me encuentro yo, perdida en esta inmensa
casa.
Me acurruco y coloco mis brazos alrededor de mis rodillas
sintiéndome protegida por mí misma. Busco mi móvil estirando mi brazo hacia la
mesita de noche y al fin lo atrapo con mi mano. Cogiendo mis auriculares los
conecto al instante pensando la canción que reproducir. Me gusta tanto perderme
en la música que pasaría toda una vida escuchando mis canciones favoritas sin
cansarme de ellas. Una vez mis oídos se llenan de perfectas melodías deslizo mi
dedo por la pantalla táctil.
Para: Vanessa.
Estoy enferma, ¿me pasarás los apuntes?
Colocándome de lado cómodamente mirando a la pared vibra mi
móvil entre mis sábanas.
De: Vanessa.
Por supuesto. ¿Qué te pasa?
Para: Vanessa.
Me encuentro mal, tengo fiebre y esas cosas… Gracias por
preguntar.
De: Vanessa.
¡De nada! Me preocupo por ti, _____. Sin ti las clases se
hacen más aburridas.
Para: Vanessa.
Bueno, échame de menos.
De: Vanessa.
Eso estoy haciendo.
Oye, Justin no ha venido a clase, seguro que ha quedado con alguna.
Para: Vanessa.
Lo siento… ¿no crees que será mejor olvidarse de él?
De: Vanessa.
No puedo, _____.
Para: Vanessa.
Tampoco lo intentas.
De: Vanessa.
Es más complicado de lo que crees.
Cierro mis ojos y lanzo un largo suspiro. Si ella supiera…
Para: Vanessa.
Te tengo que dejar, voy a ver si descanso un rato. Mañana
nos vemos. Ah, ¡y acuérdate de los apuntes!
De: Vanessa.
Está bien… ¡Lo haré por ti! Hasta mañana.
Colocando el móvil bajo mi almohada subo el volumen de la
música buscando desesperadamente dejar de pensar en él. ''Justin no ha venido
a clase, seguro que ha quedado con alguna''. ¿Por qué me duele tanto una simple
frase? ¿Por qué es inevitable sentir un pinchazo en mi vientre al imaginarlo
con otra? ¿Por qué? Me hago preguntas que nadie va a responder, ni siquiera las
acciones hablan por sí solas.
Agarro mi manta y me cubro hasta la cabeza. Quizás así
me sienta un poco más protegida del mundo exterior. Cierro los ojos y aprieto
fuerte los párpados. Me siento como si estuviera atrapada en una especie de
burbuja y no pudiera salir. Me veo sola entre la gente. Una sustancia
salada comienza a bajar por mis mejillas hasta llegar a mi boca donde
inevitablemente la
saboreo. Reconozco perfectamente lo que es, hacía tiempo que
no realizaban un recorrido por mi cara pero hoy ha sido el día. La impotencia
puede conmigo y es la única manera de desahogarme. Entablo una conversación
conmigo misma mientras las lágrimas empapan mi rostro. Las dejo hablar, al fin
y al cabo no hay manera de ocultar el dolor que siento en mi interior.
Me muero de sueño y estoy cansada de no hacer nada. Seco con
la palma de mi mano mis mejillas y absorbo mi nariz. Respiro hondo y tiro
detrás de mi oreja un mechón de pelo que se cuela en mi cara. Me pararía a leer
un libro ahora mismo pero no tengo fuerzas, quiero descansar, dormir, soñar y
escapar de la realidad.
Noto una ráfaga de viento rozar suave mi piel y me giro
inmediatamente sorprendida. ¿Quién ha abierto el ventanal de la habitación? Un
escalofrío siembra el pánico en mi cuerpo y me acurruco más. Como cuando era
pequeña, tengo miedo a salir de mis sábanas por si un monstruo me espera fuera.
Ahora soy mayor, pero siempre queda algo de niñez dentro de mí que nunca se
irá. Decido quedarme quieta a… esperar. Esperar. Eso es. Quizás el ventanal ya
estaba abierto cuando papá entró.
Intento calmarme a mí misma, pero he de asumir que soy muy
miedica. Toda clase de suposiciones viajan por mi mente, desde ladrones a
asesinos. Puede que exagere, pero es que mi imaginación da para mucho.
Una vez me relajo decido dar media vuelta y mirar de nuevo a
la pared. No
quiero cerrar los ojos pero me es imposible, necesito dormir más. Así que por
fin los cierro. Pienso en cosas bonitas (fuera de mi alcance, por supuesto), en
la playa (siempre he querido ir), en un clima cálido, en París. En los sueños
que me quedan por alcanzar y promesas escritas por cumplir.
El colchón junto con las sábanas se hunden hacia abajo por
la zona de mis hombros y eso sólo significa algo. Rápido me levanto
sobresaltada cuando lo encuentro ahí. Sentado justo a mi lado.
-Tranquila, soy yo.
Mi pecho sube y baja deprisa debido al susto. Su mirada me
inquieta y otro escalofrío con sensaciones diferentes recorre toda mi columna
vertebral.
-¿Justin? ¿Qué haces aquí? –pregunto todavía sin
recuperarme.
-Quería asegurarme de que estabas bien. –lame sus labios y
aclara su voz. –No podía dejarte sola.
-¿Pero no te habías ido a la universidad?
-He vuelto.
Apoyando mi espalda en la pared y rodeando mis rodillas con
mis brazos resoplo.
-Pues no ha sido buena idea. –digo tragando saliva
lentamente.
-¿Por qué? –eleva una ceja.
-Porque te dije que cada uno por su camino. –nos señalo a
ambos con el dedo índice.
-Me dijiste que destruyera la nota, no que te olvidara. –se
rasca la nuca y clava sus ojos color miel en los míos. –Y así hice.
Otro escalofrío más intenso me deja perpleja. Esquivo su
mirada y me detengo a mirar al suelo.
-Ya lo demostraste… -digo irónicamente.
-¿Qué?
-Que ya lo demostraste cuando te tiraste a Vanessa. –digo
mis pensamientos en voz alta y cuando me doy cuenta abro los ojos sorprendida
por mis propias palabras.
-¿Cómo lo sabes? –escucho un suspiro escapar de su boca.
-Espera, no es lo que tú crees.
-Eso no importa ahora, lo hiciste. –recalco.
-Per… -lo corto.
-Déjame hablar. –cierro los ojos tranquilizándome a mí
misma.
-De acuerdo. –me cede la palabra.
-No sé si te das cuenta de lo que haces. No debí creerte
desde un primer momento, el error es mío, pero… -exhalo un poco de aire por mi
boca. –haces daño, mucho daño. –recalco. –Quizás tú no lo entiendas, pero yo
tengo un corazón que además de latir, también siente. Y yo comencé a sentir
cosas… por ti. –me sorprendo ante mi sinceridad. –No sé porqué, maldita sea,
pero juro que conocí a un chico increíble más allá de ''el popular Justin
Bieber''. –muerdo mi labio inferior intentando contener mis lágrimas. –Pero
como siempre, espero de la gente más de lo que debería, y me decepcioné una vez
más. ¿Por qué me dijiste que ''poco a poco'' si luego era una más para ti? ¡Me
siento una completa estúpida por caer en tu juego!
-Hey, -se acerca a mí y coloca su mano en mi muslo derecho.
–no eras ni eres una más para mí.
-Ya, claro. –aparto su mano. -¿Porqué debería creerte?
-¿Y porqué no? –agita sus manos hacia arriba impaciente.
-Porque los hechos hablan por sí solos. –elevo mi tono de
voz.
-No sé de qué hablas, _____. –observo cómo cierra sus puños.
-¡Me engañaste! Me hiciste creer cosas que no eran verdad,
-lo miro y sus ojos se oscurecen. –si es que soy demasiado tonta. –murmuro
bajito a mí misma agachando la cabeza.
-No digas eso. Estás diciendo cosas que no tienen sentido.
-Lo que no tiene sentido es lo que haces tú. –escupo mis
palabras.
-No tienes ni idea de lo que acabas de decir…
-¿Eso crees? –pregunto vacilante poniéndome en pie.
-No, estoy seguro de que es así. –hace una pausa moviendo su
cabeza de un lado a otro. –No entiendo nada, de verdad.
-Yo tampoco entendía nada, hasta que me dijeron quién eres
realmente.
-¿Te dijeron? –eleva una ceja desconcertante.
-Sí, Vanessa. Esa a la que conoces tan bien. –pronuncio
despacio y claro las últimas palabras.
-_____... –escuchar mi nombre salir de su boca me provoca
escalofríos.
-¿____ qué? –apoyo mi mano sobre mi cadera echando mi peso a
un lado.
-Perdóname. –suspira. –Perdóname, por favor. No pretendía…
-lo corto de nuevo.
-¿No pretendías tirarte a la primera que se te acercara, no?
–la ironía marca cada palabra escupida de mi boca.
-¡No fue así! –se echa las manos a la cabeza.
-Ah, ¿no? ¿Fue más romántico? ¿O cómo fue? –sonrío
falsamente.
-Deja de hacer eso. –se levanta ahora él, pero manteniendo
la distancia entre nosotros.
-Cuando dejes de fingir ser quien no eres.
-¿Y quién soy? Dímelo tú. –me señala con su dedo índice y
después guarda sus manos en los pantalones de su chándal gris.
Un aire de culpabilidad me golpea. Nuestras miradas se
cruzan y siento como todavía permanecen vivas. Como si cuando conectan todo lo
demás desapareciera.
-Eres… -me tiembla la voz. –eres el que me hizo sentir
especial. –agacho mi mirada.
-Porque lo eres, -da un paso acercándose a mí. –pero no
entiendo por qué no me dejas seguir haciéndote sentir así.
-No quiero que me llenen de falsas palabras. –lo miro de nuevo.
-Sabes que eso no es cierto. Yo no te he mentido, bicho. –hacía
tiempo que no escuchaba esa última palabra con su voz ronca. Me estremezco. –Es
más, he intentado todos estos días dejar de pensar en ti, pero adivina qué
pasa.
-¿Qué? –mojo mis secos labios escondiéndolos en el interior
de mi boca.
-Que no puedo dejar de hacerlo. Es como si fueras el tabaco
para mí, una completa adicción. –sus ojos se vuelven más claros de lo habitual.
-Entonces estamos en igualdad de condiciones. –juego con mis
pies debido a los nervios. –Como si fueras un libro de estos que enganchan…
-O el último minuto en un partido de fútbol… -murmura. –que
nunca quieres que se acabe, aunque vayas ganando.
-O una película romántica a la madrugada. –una sonrisa
escapa de mi boca y trato de disimularla lo mejor posible.
-Sigues siendo tan extraña… -ríe bajito.
-Bueno, -me encojo de hombros. –es lo que hay.
-Espera, eso no es nada malo.
-¿Cómo dices? –arrugo mi frente.
-Eres diferente, por eso me gustas. –da un paso más hacia
mí. -Lo demás cansa, en cambio tú haces que tenga más ganas de ti.
Me quedo muda. El silencio nos rodea chocando con nuestros
cuerpos pegados al suelo y nuestros corazones cobrando un ritmo no habitual. Si
dijera que no echaba de menos estas sensaciones,
mentiría.
-Haces que pierda la cabeza, Blair. –se acerca más. –Tú
crees que no me importas y te estás engañando a ti misma.
Abro mi boca para decir algo pero me interrumpe antes de que
pronuncie palabra.
-Espera, ahora me toca a mí hablar. –murmura con una voz
débil y afirmo moviendo mi cabeza. –Te recuerdo que no éramos nada y fuiste tú
quien decidió acabar con ese nada. Yo quería… -tose adrede. –quiero más de ti,
por eso te dije que poco a poco, porque esta es la primera vez que puedo
afirmar que me gusta alguien de verdad.
-¿Y quién es ese ''alguien''? Porque me confundes. –escondo
un mechón de pelo tras mi oreja.
-Tú. –aclara su voz. –Eres tú.
Y es justo en ese momento cuando me doy cuenta de que no
estoy soñando, de que tengo delante de mí al chico malo y duro de la universidad que
nunca se enamora confesándome que le gusto. Pierdo de vista todo lo malo, él
hace que desaparezca, y me escapo del mundo.
-Vaya, el chico duro se ha ablandado. –bromeo.
-No te acostumbres. –eleva una ceja divertido y cuando alzo
la mirada lo encuentro cerca. –Casi nunca soy así.
-Yo diría que nunca. –río mostrando mis dientes en una
amplia sonrisa.
También me doy cuenta de que él mismo puede llegar a cambiar mi estado de ánimo.
-Así me gusta. –dice contorneando mis labios con su pulgar.
Intento no sonreír de nuevo, pero lo hago. –Exactamente así, muy bien. –susurra
con una voz ronca que me lleva a las estrellas. –Entonces… ¿me perdonas? –hace
una mueca triste.
-Mmm… -rodeo mis ojos. –me lo pensaré.
-Siempre te haces la interesante. –entrecierra sus ojos.
-Y tú siempre te interesas.
-Me has pillado, bicho.
Coloca las palmas de sus manos ahuecando mis mejillas y su
boca se acerca lentamente a la
mía. Comienzo a temblar y no sé cómo reaccionar ante esos
labios que tanto deseo. Noto su aliento chocar contra mi piel, entonces de
repente me niego a hacer lo que me gustaría en este preciso momento, moviendo
mi cabeza de lado a lado.
-Lo siento. –murmuro. –Estoy cansada.
-No te preocupes, la próxima vez avisaré. –planta un húmedo
beso en mi frente haciendo que se desaten dentro de mí esas sensaciones que
llevaban un tiempo entre rejas. –Ahora descansa.
-De acuerdo.
Le echo una última mirada y me dirijo a mi cama. Me adentro
entre las sábanas y estampo mi cabeza cómodamente contra la almohada. Cierro
los ojos al mismo tiempo que mis pensamientos y de repente noto su tacto
acariciar mi pelo.
-Estás preciosa así, ¿lo sabes, verdad? –dice Justin y puedo
intuir que una sonrisa se ha colado en su cara.
-No, no lo sé ni lo sabré nunca.
-Te dije una vez que nunca dijeras nunca, nena.
-Lo sé, me acuerdo.
-Pues recuérdalo.
El silencio nos invade de nuevo y aprovecho la ocasión y las
caricias para caer rendida en un profundo sueño.
********************************************************************************
Bostezo estirando mis
brazos hacia arriba desperezándome. Mi cabeza da unos pequeños tambaleos. He perdido
la noción del tiempo y ni siquiera sé ni donde me encuentro hasta que abro mis
ojos y sé que la normalidad está presente.
Coloco con cuidado mis pies descalzos en el suelo y aliso mi
camiseta del pijama pasando las manos por encima. Me estiro una vez en pie por última
vez y subo la persiana para dejar perfectamente la luz traspasar el ventanal.
Al principio me molesta un poco y entrecierro mis ojos, pero luego decido
ignorar todo y hacer correctamente la cama dejando la habitación limpia y
aseada.
Me aproximo al espejo y me veo reflejada con una expresión
un tanto adorable y a la vez rebelde por los pelos que se cuelan en mi cara. Sonrío
obligándome a mí misma a hacerlo y salgo de ahí lo más rápido posible.
Bajo las escaleras poco a poco con cuidado de no caerme,
pues todavía ando un poco dormida. Apoyando mi mano derecha en la barandilla
llego al piso de abajo. Escucho el sonido de la televisión y decido caminar al
comedor ya que proviene de ahí. Pasito a pasito recorro el pasillo hasta llegar
y distingo en el sofá una cabeza.
-¿Justin?
Inmediatamente se gira y me dedica una sonrisa. Siento unas
mariposas revolotear en mi estómago mezclarse con el hambre que ahora mismo se
hace presente ahí. Me acerco y con mis puños limpio mis ojos antes de sentarme
justo a su lado.
-Buenos días dormilona. –me guiña un ojo. –O quizás debería
decir buenas tardes.
-¿Qué hora es? –pregunto desconcertada.
-La hora de merendar. ¿Qué quieres que prepare?
-¿Tú? –lo señalo con mi dedo índice riendo. -¿Tú vas a
preparar algo?
-Exactamente. –afirma mientras se impulsa hacia arriba poniéndose
en pie. –Dime qué te apetece.
-Pues… ¿tostadas quizás?
-Tostadas para la bicho. –me guiña el ojo de nuevo.
-Cuidado no quemes la casa, por favor.
-No lo haré. –mete sus manos en los bolsillos.
-¿De verdad no quieres ayuda?
-No. Tú sólo relájate, yo me apaño.
-De acuerdo.
Localizo con mi vista el mando del televisor y cambio de
canal. No, este no me gusta. Siguiente. Y al fin consigo dar con alguno que me
causa buena impresión. Me acomodo en el sofá apoyando bien recta mi espalda y
entrelazo mis piernas como de costumbre.
Unos minutos más tarde un olor a pan caliente llega a mi
sentido del olfato generándome más hambre.
-Aquí tienes. –dice Justin colocando una bandeja en la
mesita.
-Vaya, no has quemado la casa, muy bien. –bromeo mientras sonrío a mi manera.
-Te dije que no lo haría. –se sienta dejando caer su peso en
el sofá. -¿Mermelada de fresa o de melocotón? –dice señalando hacia la bandeja.
-Me gustan las dos, me haré una de cada.
Me aproximo a la mesita y unto la mantequilla en el pan recién
tostado. Después lo mismo con la mermelada y me lamo los labios antes de llevar
una tostada a mi boca. Pego un mordisco y noto los ojos de Justin clavarse en
mi piel pero actúo como si nada mirando la televisión. Continúo
comiendo y cuando termino limpio mis manos con una servilleta.
-Estaban buenas, me has sorprendido. –digo girando la cabeza
justo para mirarlo.
-¿Más que tú o menos? –ríe y sonroja mis mejillas a la vez.
-Idiota. –golpeo con mi puño su brazo musculado.
-Pero te ha gustado, estás roja. –me señala.
-No, estúpido. –hago una mueca.
-Sí, sí. –repite.
Decido ignorarlo y olvidar su maldito comentario. Cruzo mis
brazos bajo mi pecho y respiro hondo. Creo que además tengo calentura. Llevo mi
mano derecha a mi frente durante unos largos segundos y supongo que mi fiebre
ha aumentado. Unos pinchazos se producen en mi cabeza aumentando el dolor, para
variar.
-¿Te encuentras bien? –me pregunta.
-No mucho… creo que está aumentando la fiebre.
-¿La
fiebre Bieber ? –bromea y una sonrisa estúpida sale improvisada
en mi cara.
-Por estas cosas te odio. –suspiro.
-Tan solo estaba bromeando, bicho. Venga, ven aquí. –me hace
un gesto indicando me coloque más cerca de él.
-Está bien.
Me acerco tímidamente deslizándome por el sofá. Rodea con su
brazo mis hombros y no sé cómo, pero hace que coloque mi cabeza en el hueco de
sus hombros a su cuello. Resulta tentador no poder plantarle ahí un par de
besos acompañados de suaves mordiscos hasta dejar marca en su piel. Me muerdo
mi labio inferior mientras mi mente viaja a todos los recuerdos de tan solo
hace unos pocos días. Comienza a acariciar mi brazo despacio y lentamente
produciendo escalofríos en cada rincón de mi pequeño cuerpo. Intento contenerme
a mí misma, pero los temblores están a punto de surgir al exterior.
-¿Qué estás pensando? –murmura a unos milímetros de mi
oreja.
-Nada… -digo en un hilo de voz.
-Sé perfectamente cuando mientes, pero no te voy a forzar a
que me digas la verdad.
Esquivo sus palabras y cierro los ojos ante la suavidad de
sus dedos rozando en mi piel y dibujando figuras imaginarias.
-¿Cómo te sientes? Elige si decir la verdad o no...
-Justin... -arrastro su nombre. -a tu lado me siento mejor.
-¿Y eso es...?
-Es verdad.
-Perfecto. -aprieta un poco mi brazo transmitiéndome confianza. -Si no mejoras puedo llamar al vecino, que es médico. –dice continuando
erizando mi piel.
-Tranquilo, se me pasará. –musito.
-Entonces yo cuidaré de ti.
RT AQUÍ SI HAS LEÍDO ESTE CAPÍTULO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario