Tu rastro.

sábado, 15 de junio de 2013

''Improbable dirección'' Capítulo 14.


|Narra _____|

Deshago mi coleta sin apartar la vista del espejo, últimamente estoy muy presumida. Inspecciono todos mis movimientos al desprenderme de la ropa para después colocarla en la pila. Camino descalza hacia la ducha abriendo el grifo dejando que el agua se caliente y enciendo la radio rezando interiormente para que pongan algunas de mis canciones favoritas.

Una vez selecciono la emisora de siempre me adentro en la ducha y comienzo a empaparme. El agua recorre traviesa desde la parte de arriba de mi cabeza hasta las puntas de mi melena y continúa su trayecto por mis pechos, mi barriga y mis muslos. Me aplico un champú de coco en el pelo masajeando mi cuero cabelludo y después lo aclaro dejando un olor que me trae muchísimos recuerdos. Por último, enjabono todo mi cuerpo con la ayuda de una esponja sin dejar ni un rastro de suciedad en mí. Dejo el agua correr de nuevo por todo mi cuerpo y cierro el grifo colocando el mango en el sitio.

Apoyando mis pies húmedos en la alfombra envuelvo una toalla en mi cuerpo y otra en mi pelo. Me encuentro mejor, aunque todavía de vez en cuando siento algún pinchazo en mi cabeza que desata en mí una especie de ira contenida. Soy de esas chicas que pasan desapercibidas del mundo, de la gente y de todo lo que hay alrededor, pero una vez se meten en mi territorio incordiando puedes esconderte.

Una canción un tanto marchosa llega a mis oídos y aprovecho para soltar mi pelo mojado dándome a mí misma un aire rebelde. Sé que no soy como la mayoría de adolescentes, no me gusta salir de fiesta y emborracharme hasta las tantas de la madrugada, en cambio, soy más de coger un libro y dejarme los ojos en cada página leída. Y te preguntarás a qué viene esto, bien, pues aunque no soy de ese prototipo de chica, quiero dar un pequeño paso en mi vida y cometer alguna que otra locura. Avanzar sin dejar de ser quien soy ni dando la espalda a una niña que no quiere ser como las demás.

Unas pequeñas gotitas provenientes de mi pelo mojan mis hombros. Apago la música y casi podría escuchar a los grillos hacer su peculiar canto debido al silencio. Esta casa, además de ser inmensa, es un tanto extraña. Yo estaba acostumbrada a vivir en menos de cien metros cuadrados y esto ha sido un cambio de los grandes. Una mansión (quizás exagero) con piscina, jardín y esas cosas que solo puede permitirse una parte adinerada de la sociedad.

Con la toalla cubriendo hasta un poco más arriba de mis rodillas decido salir disparada hacia mi habitación cuando me resbalo y me doy de bruces contra el suelo. Maldigo interiormente y me lanzo las culpas a mí misma por mi manía de caminar descalza y con los pies húmedos.

Me levanto apoyando una mano en la rodilla y muerdo mi labio inferior intentando contener el dolor que ahora mismo está presente en ella. Siento como un cosquilleo maligno dentro de mí y al instante una voz interrumpe los gritos de desagrado que se producen en mi mente.

-¿Qué ha pasado?

Ahora sí que maldigo a todo en este mundo. Justin hace una especie de revisión por todo mi cuerpo y detiene unos largos segundos su vista en mis desnudas piernas.

-Me… -mi voz suena débil. –me… me resbalé.
-¿Estás bien? –eleva una ceja desconcertante.
-Sí… sí. –tartamudeo. Maldita sea. –Sólo serán unos rasguños.
-Eso parece. –mira de nuevo a mi cuerpo protegido por una simple toalla. Me intimida. –Pero ahí tienes un poco de sangre, bicho.
-¿Dónde? –arrugo mi frente.
-En la rodilla, deberías de curarte.
-No será nada. –escondo los labios en mi boca. –Tonterías.
-El golpe ha sonado fuerte, ¿no te duele?
-Un poco, pero se me pasará. –intento escabullirme y camino rápido hacia mi habitación cuando su mano me detiene.
-Espera, vístete y yo me encargo de curarte. –susurra Justin.

Anonadada afirmo con mi cabeza y cierro la puerta apoyando enseguida mi espalda en ella. Respiro tres o cuatro veces seguidas asimilando que mi corazón vuelve a latir con fuerza cuando le tengo cerca y que mi mente automáticamente piensa en él cada segundo de mi día a día.

Ordeno mis pensamientos a toda ostia para seguir sus ''órdenes'' y vestirme rápido. Abro el armario, pillo una camiseta ancha de manga corta que llega hasta la parte superior de mis muslos y la dejo caer por mi cabeza estirando los brazos hacia arriba. La temperatura ha subido o al menos en mi cuerpo así que me decanto por ponerme unos pantalones cortos negros. Peino con mis manos mi larga melena pretendiendo que se seque un poco más y continúo con mi pelo alborotado. Observo mi rodilla un tanto ensangrentada e intento hacer que la sustancia roja desaparezca con un poco de saliva. Funciona pero continúa desafiándome y sale al exterior.

Golpea la puerta con sus nudillos y a los pocos segundos entra con un par de cosas en las manos.

-He traído esto. –dice Justin haciendo referencia a ello.

Me siento en el borde de la cama tras pasar mi mano por las limpias sábanas. Se pone de cuclillas delante de mí y aproximo mi pierna derecha hacia él.

-A la próxima no saldré con prisas de la ducha. –tuerzo mis labios. –Supongo.

Acaricia mi piel suavemente rodeando la herida con su dedo índice. Percibo cómo sus labios se vuelven un poco más gruesos y me ruborizo al mirarlos. No puedo apartar mi vista de ellos. Y después echa unas gotitas de alcohol en el algodón y eleva su barbilla a la vez que centra su mirada en mí.

-Quizás te escueza un poco. –dice y se moja los labios en una milésima de segundo.

Todavía continúo hipnotizada bajo esos ojos color miel y apenas pestañeo. Baja la cabeza y aproxima el algodón a mi rodilla.

-¡Espera! –un grito ahogado sale desesperado de mi boca.

Justin comienza a reír. Me avergüenzo de mí misma y sin querer me muerdo el labio inferior deseando borrar este momento.

-¿Pretendías que muriera de un paro cardíaco? –carcajea. –Menudo susto me has dado, nena.
-Lo siento… -huyo de su mirada. –Es que odio estas cosas. –me sincero.
-¿El qué? –crea unas pequeñas arrugas en su frente.
-Siempre he tenido pánico a los médicos, a las batas blancas, a los hospitales… y a las heridas. Sobretodo a las que dejan cicatriz.
-Interesante. –moja sus labios. - Pero bicho, yo no soy ningún médico ni llevo puesta una bata blanca.
-Pero me asustas de todas maneras. –me encojo de hombros intentando no darle más importancia al asunto.
-Pues no lo entiendo. –rasca la parte posterior de su cuello y después apoya la mano con la que sujeta el algodón en mi muslo. Un escalofrío me deja tensa.
-He vivido… bueno… -aprieto fuerte mi mandíbula resistiendo a los pinchazos posteriores en mis ojos que advierten cautelosos derramar esa sustancia salada. –He visitado muchos hospitales, diversas habitaciones repletas de silencio y con la presencia de algunas enfermeras que manejaban las máquinas o conducían camillas vacías. –hago una breve pausa mientras me observa con los ojos brillantes. –Siempre que estábamos en casa tranquilos y teníamos que volver yo simplemente no quería, tenía miedo. Hasta que un día secuestraron en ese lugar tan horrible a mamá… sé que era lo mejor para ella porque se recuperaría, pero no quería dejarla sola con esa gente. Tenía que quedarse con nosotros en el sofá viendo nuestras series favoritas y discutiendo conmigo sobre quién era el chico más guapo de la película. –se me escapa una risa seguida de un montón de recuerdos en mi mente. –Pero todo acabó.
-Hey, -su voz suena dulce y su mirada me transmite calma. –no debes de tener miedo a nada porque ella te está protegiendo desde ahí arriba. –rozando con su pulgar mi piel consigue tranquilizarme. –Me hubiera encantado conocerla.
-Seguro que te gritaría cuando me llamas ‘’bicho’’. –río débilmente.

Sonríe y sin pronunciar palabra masajea el algodón contra mi herida. Y sé que lo hace para que olvide esos pensamientos oscuros de mi cabeza y vuelva al mundo real. Escondo los labios en mi boca mordiéndolos y mi mirada escapa hacia otra parte mientras él hace su pequeño trabajo sobe mí.

-¿Escuece?
-Un poco. –contesto disimulando.
-Lo siento.
-No tienes la culpa.

Aprovechando el silencio vuelve a aplicar el alcohol sobre el algodón y seguidamente éste sobre mi herida. Esta vez escuece menos, aún así estas sensaciones no me gustan nada. Me traen imágenes amargas imborrables de mi cabeza.

-¿Y tú? –le sorprendo con mi pregunta. -¿Tú no tienes miedo a nada?

Sus dientes abren paso en su boca tras esa brillante sonrisa.

-No. –sacude su cabeza como si fuera evidente.
-Por mucho que aparentes ser un chico duro sé que tienes tu lado sensible. –rodeo mis ojos.
-Nos tenemos que acostumbrar al dolor. No hay más.

Limpia la superficie de mi herida y coloca una tirita justo después. Se asegura de que está bien pegada pasando su pulgar sobre ella y eleva su cabeza para mirarme.

-Ya está, te dije que no pasaría nada.
-Gracias. –le dedico una sonrisa. –Pero no has contestado a mi pregunta.
-Sí lo he hecho. –se pone en pie y coloca sus manos en los bolsillos de su pantalón.
-Mintiendo… pero yo quiero saber la verdad. –me pongo ahora yo en pie intentando estar a su altura.
-¿De verdad lo quieres saber? –coge mis manos de improviso y las refugia en las suyas.
-Sí. –afirmo clara notando el calor que desprende su piel.
-¿Quieres saber cuál es mi miedo? –aprieta fuerte nuestras manos.
-Sí. –repito nerviosa.
-Mi miedo es engancharme más a ti, hacerte daño, no ser lo que necesitas. –detiene su mirada en nuestros dedos entrelazados y luego la centra en mis ojos. –Ese es mi miedo.

Observando mi reflejo en sus ojos brillantes acaricio su mano haciendo que el silencio lo diga todo y que mi mirada le cuente mis mayores secretos. Me refugio en sus brazos y acomodo mi cabeza en el hueco de sus hombros mientras él pasa su brazo por mi espalda recorriéndola con delicadeza.

-Echaba de menos tenerte cerca… -susurra cerca de mi oreja.

Los escalofríos más indescriptibles realizan una carrera por todo mi cuello al notar su aliento chocar contra mi piel.

Yo te diría que me pasa lo mismo, que me estoy dando cuenta de que te necesito y que ahora tu nombre aparece día a día en mi diario. Que también tengo reservada una página en blanco para escribir nuestra historia. Pero sh, eso es secreto. Además, nadie lo sabe, ni tú tampoco. Todo lo que siento por ti es algo que me va consumiendo poco a poco. Tu boca es como el lugar que siempre he querido visitar, pero al mismo tiempo tengo algo dentro de mí que me dice que deje pasar el vuelo y que me embarque en otro avión.

Y seguimos ahí escuchando nuestras rápidas respiraciones mantener una conversación. Me separo poco a poco y me detengo justo delante de tu cara. Observo tus lunares, tu piel un poco bronceada, tus gruesos y carnosos labios, y por último me paro en tus ojos que me miran deseosos. Pretendo buscarte algún defecto, encontrar algo que no me guste de ti, pero algo falla y es que tú no tienes de eso. Tu mandíbula permanece quieta y tirando de mi barbilla me aproximas más a ti. Esto es demasiado difícil, Justin. No creo que alguien sea capaz de resistirse a ti.

Me ahogo en mis pensamientos y me rescatas  juntando nuestras frentes. Te tengo tan cerca…  y apuesto a que no sabes que moriría por darte un beso que no tenga fin. Cierro los ojos mientras rozas tu nariz con la mía y me permites experimentar fuegos artificiales en mi estómago. Nuestras bocas se buscan a gritos. Pestañeo un par de veces asegurándome de que no es un sueño y realmente te tengo ahí.

-Es complicado. –murmura mirándome fijamente.
-¿El qué?
-Aguantarme las ganas de besarte.

Mi cuerpo comienza a arder a una velocidad impactante.

-¿Me lo estás contando a mí? –suspiro mientras mis mejillas se inflan.

Ahuecándolas con sus manos traga saliva fuertemente y me percato en el movimiento que realiza su nuez.

-Demuéstramelo. –digo antes de que las palabras salieran expulsadas de su boca. –Demuéstrame que eso es cierto.
-¿Quieres que te bese? –murmura tras lamerse los labios.
-Sí, pero no lo hagas. –advierto aturdida. –Quiero ir despacio, como al principio. Quiero que me demuestres, sólo eso. –agacho mi mirada.

Acaricia con su pulgar mi mejilla y acerca un poco más su boca hacia la mía. Nuestros labios están a punto de tocarse y mi corazón está al borde de salir disparado de mi pecho.

-Poco a poco, ¿vale?
-Joder, bicho. –susurra.
-¿Qué pasa?
-Que quiero empezar ya con ese poco.
-Resiste. –digo plantando un húmedo beso cerca de sus labios. –Tú puedes… -planto otro un poco más cerca. –Así… -beso su barbilla más lentamente. –Perfecto… -digo deteniéndome a una distancia prohibida. Nuestras narices se encuentran a la misma altura.
-Dios… -rodea con sus manos mi cintura. -¿Por qué… -tartamudea. –por qué haces eso?
-Porque me encanta… -ahora se me traban a mí las palabras. –me encanta ir despacio contigo, ¿recuerdas?
-Sí, pero eso ha sido… -suspira. –demasiado.

Aproximándome más a él deslizo mi dedo índice por la comisura de sus labios mientras muerdo el mío inferior con gusto.

-Has aguantado muy bien, campeón…
-Pero no creo que aguante por mucho tiempo.
-Sé que puedes. Has podido vivir sin ello.
-Hasta que te encontré, y créeme que no ha sido fácil estar estos días…
-Sh… -le silencio. –No quiero volver a escuchar eso.
-De acuerdo.
-Es que simplemente no puedo verte con otras, no es que no confíe en ti pero… -eleva su ceja preguntándose a sí mismo lo que estoy queriendo decir. –sé que quedas con chicas y esas cosas y… -agacho mi cabeza esquivando el contacto con sus ojos. –no puedo soportarlo.
-Si estamos bien no lo voy a hacer. –murmura con voz ronca.
-¿Estás queriendo decir que si estamos mal te irás con otras mientras? –pregunto sobresaltada creando arrugas en mi frente.
-No, te prometo que ahora mismo solo estás tú en mi cabeza y lo de Vanessa fue un error. Yo no quería pero la situación pudo conmigo. –rasca su nuca lentamente. –Te prometo de verdad…
-No. –le corto. –No me gustan las promesas, me ilusiono con ellas y si luego no son cumplidas me hundo. No lo hagas.
-Está bien… -sus mejillas realizan un lento movimiento al tragar saliva. –Pero ahora quiero que me mires. –me acerca a él por la cintura. –A los ojos.
-De acuerdo. –mis pestañas permanecen inmóviles y le miro.
-Me estoy dando cuenta de que por muy cabrón que sea, por muy gilipollas o llámalo como quieras, nunca querría hacerte daño. Y aunque me cuesta admitirlo, me gustas, mucho. –desliza la lengua por la comisura de sus labios. -Y por muy bicho que seas, eres diferente, difícil, complicada, pero eso es lo que me atrae a ti. Me siento un privilegiado  simplemente por que me estés escuchando ahora mismo. –roza su nariz con la mía y se detiene para decir algo. –No voy a dejarte ir como si nada.
-¿Y ese es tu plan A? –sonrío tímidamente.
-Sí, el plan B es besarte.

Un mechón de pelo se cuela en mi rostro y soplo apartándolo de mí provocando la risa de Justin.

-¿Qué? –cruzo los brazos bajo mi pecho.
-No sé, que me encanta cada pequeño gesto tuyo. –se encoge de hombros.

|Narra Justin|

Tras un largo rato soñando despierto dejo caer mi cuerpo en la cama como si se tratara de una pluma. Me acomodo tirando los brazos hacia atrás dejando justo mis manos debajo de mi cabeza y lanzo un largo y tímido suspiro. Masticando casi mis labios comienzo a asimilar todo lo sucedido y sin querer una sonrisa se graba en mi cara. Sinceramente, no me gustaría ver mi rostro en estos momentos. Soy un chico malo que no muestra sus sentimientos, ¿no?

Lucho contra el impulso de cerrar mis ojos y los mantengo abiertos recordando sus marrones ojos clavados en los míos y esa tierna sonrisa que me deja sin aliento. Por no hablar del color rojo de sus mejillas cuando le digo algo que le ruboriza. O cuando esos hoyuelos tan tímidos se crean en perfectos pliegues en su piel. Pero he resistido y he aguantado sin rozar sus labios, esos que desatan las mejores sensaciones en mi interior. Me estoy convirtiendo en mi propio miedo, me estoy enganchando a ella. Creo que me asusto a mí mismo. Respirando profundamente estiro mi brazo hacia la mesita de noche para alcanzar el paquete de tabaco. 

Saco un cigarrillo inmediatamente y lo coloco entre mis labios para después prenderlo. Camino hacia el pequeño balcón que posee mi habitación en la parte exterior y salgo fuera encontrándome con una cálida y extraña noche. Aquí pocas veces se puede respirar este ambiente. Las estrellas brillan en la oscuridad y me detengo a observarlas mientras aspiro y después expulso el humo por mi boca. Por muy perjudicial que sea para la salud, esto consigue calmarme y relajarme aunque sea unos pocos minutos. Repito el paso varias veces haciendo que poco a poco se consuma esta mierda de droga haciendo que mis pulmones corran riesgo. Me apoyo en la barandilla y sigo con lo mío. En verdad tengo unas grandes vistas de toda la urbanización y del bosque. Ese mismo al que me escapo para tocar tranquilamente mi guitarra justo como le confesé a _____. No sé cómo tuve la valentía de hacerlo. La música también me relaja y me despeja, me hace escapar del mundo cuando lo deseo, como si cumpliera mi sueño en el momento más oportuno.

Desde aquí también puedo ver las calles vacías pero iluminadas de Stratford. Otra calada más y tiro el cigarrillo al suelo para después chafarlo con mi supra cuando noto el tacto de una mano pequeña y dulce en mi hombro.

-¿Mamá? –pregunto girándome mirándole con cara de confusión. -¿Qué haces aquí?
-Me apetecería tomar un poco el aire. –se encoge de hombros.
-Eso está bien. –le dedico una sonrisa.
-¿Otra vez fumando? –dice señalando al suelo justo donde se sitúa la colilla.
-Mamá… -lanzo un suspiro. –No empecemos…
-Odio que lo hagas, hijo.
-Pero es sexy, no lo niegues. –bromeo enseñándole mi lengua en una mueca.
-¡Y malo para la salud! –exclama. Siempre dándome los mismos sermones.
-Existen cosas peores. –elevo una ceja. –Supongo.
-Yo no estaría tan segura, sólo quiero lo mejor para ti.
-Lo sé, mamá. –suspiro y la refugio en mis brazos. –Eres tan pequeñita… -río. –pero a la vez eres muy grande, ¿lo sabes?
-¿Justin? –me mira sorprendida. –Nunca me habías dicho esas cosas.
-Nunca es tarde para hacerlo, ¿no? –le abrazo más fuerte.
-En absoluto. –se separa de mí y me muestra una sonrisa traviesa. -¿Te ha pasado algo?
-No. –murmuro creando arrugas en mi entrecejo. –Nada.
-Te noto cambiado últimamente, pero no para mal. Todo lo contrario. –acaricia mi brazo despacio.
-Puede que esté cambiando, todo el mundo cambia.
-Pero en ti es… extraño. –me da un apretón y ríe.
-Si tú lo dices…
-Te he dado la vida y te he criado, ¿quién te iba a conocer mejor que yo?
-Nadie, mejor que tú nadie.
-Pero algún día otra persona lo hará, estoy segura. –vuelve a acariciar mi hombro.
-Alguien con quien comparta muchos momentos, ¿no? –pregunto serio.
-Exactamente. Alguien que se merezca un pedacito de cielo contigo. –sus ojos brillan.
-Sin importar las diferencias… -pienso en alto y al segundo me maldigo a mí mismo.
-¿Qué? –pregunta extrañada.
-Nada, nada.
-¿Qué dijiste? –entrecierra sus ojos.
-Que me estás hablando como si me fuera a ir a algún lugar o algo… -digo las primeras palabras que pasan por mi mente.
-Oh, no… es solo que te estoy advirtiendo. En un futuro no estarás solo en el mundo, yo ya encontré a una persona, a ti te pasará lo mismo.
-Claro… y a lo mejor el futuro es muy cercano y  no lo sabemos. –aclaro mi voz.
-Eso sólo lo sabe Dios, hijo. –me planta un beso en la mejilla y me coge de la mano arrastrándome hacia dentro. –Es tarde, deberíamos descansar ya.
-Cierto… -entrando en mi habitación coloco yo ahora un beso en su mejilla. –Buenas noches, mamá.
-Buenas noches, cariño. Duerme bien. –susurra bajito antes de cerrar la puerta.
-Igualmente, buenas noches. –imito su tono de voz.

Me adentro en mis sábanas y me coloco de lado apoyando una de mis mejillas en la almohada. No entiendo el porqué pero la felicidad recorre mis venas planteándome dudas. No sé a qué es debido, o no quiero saberlo. Ella es la primera persona que se me viene a la cabeza.
Mi móvil vibra y rápidamente desbloqueo la pantalla deseando que sea la bicho, pero no, otro nombre aparece en ella.

De: Vanessa.
No dejo de pensar en ti.

Unas ganas terribles de estampar el móvil contra el suelo vienen a mí, pero me contengo. Respiro hondo y pienso bien antes de contestar.

Para: Vanessa.
Pues deja de hacerlo, no es buena idea.

Contesta inmediatamente.

De: Vanessa.
La otra vez dijiste lo mismo y te recuerdo que acabamos haciéndolo en las duchas del vestuario.

Para: Vanessa.
Y hice daño a una persona, así que no se volverá a repetir.

Silenciándolo lo coloco de nuevo sobre la mesita de noche y apago la luz. No sé lo que voy a hacer con esta situación, pero tengo claro que si se trata de elegir no me lo pienso dos veces. Vanessa es como las demás, sólo sirve para unos cuantos polvos y desahogarme en su cama. Sarah es algo peor, es un incordio y todo lo quiere hacer a su manera, en cambio está buena, es un pivón y consigue ponerme a mil por hora. Y luego ya está _____, que sólo he probado sus labios y me he sentido en la completa gloria. Ella sabe cómo hacerme sentir bien sin quitarse la ropa. Ella sabe manejar la situación perfectamente y ahora mismo, me mantiene cuerdo. Ella es lo que todo chico desearía tener. Ella es… lo que deseo. No es un capricho como las demás, no es algo que pasa desapercibido por tu vida.

Y pienso. Comienzo a pensar en todo lo bueno que me transmite hasta que me quedo dormido.

-----------------------------------------

Quería deciros que si queréis hacer cualquier comentario de la novela por twitter pongáis el hashtag #ImprobableDirección así os puedo leer más fácilmente y bueno, me haría ilusión que me dijérais si os gusta y esas cosas. 
No hace falta que me mencionéis, con poner en el tweet #ImprobableDirección basta.
Así me inspiro más en seguir escribiendo y en continuar la novela.
Gracias por leerme.

RT AQUÍ SI HAS LEÍDO ESTE CAPÍTULO



No hay comentarios:

Publicar un comentario