El silencio se apodera del ambiente.
-¿De qué se trata? –pregunta Justin con cara de disgusto.
-Haréis horas extra y os tendréis que… -hace una pausa
buscando la palabra adecuada. –aguantar. Ya que os lleváis tan mal tendréis que
soportaros hasta comienzos de verano cuando presentéis vuestras actuaciones al
jurado. Tenéis que ganar. ¿Lo entendéis? Tenemos que dejar a nuestra
universidad como la mejor de la ciudad, incluso del país. Esta tarde os espero
en la sala de actos.
-De acuerdo. –afirma él con la cabeza.
¿Enserio? ¿Estoy alucinando o ha aceptado? Lo más increíble
es que me ha hecho caso. ¡Justin Bieber me ha hecho caso! ¡A mí! Mi consciencia
da saltos de alegría. Le miro de reojo y puedo notar cómo está un poco más
calmado.
-Entonces hasta luego.
Abandonamos por fin el despacho de la directora y justo
cuando voy a doblar por el pasillo Justin tira de mi brazo.
-Eh, ¡me haces daño! –exclamo.
-Lo siento. –dice frunciendo el ceño. -¿Dónde vas?
-A clase, ¿dónde crees que voy?
-No sé. –se encoje de hombros.
-¿Por qué has aceptado? –pregunto poniendo mi mano derecha
en mi cadera.
-¿El qué? –eleva su deja derecha.
-Protagonizar el musical.
-No quiero más problemas, ya sabes… -se rasca la nuca y fija
su mirada en el suelo.
-Justin, a ti te dan igual los problemas. –me mira. -¿Por
qué, eh?
-Quizás por ti.
-¿Qué?
-Que acepté por ti.
Trago saliva lentamente. Este chico me quiere volver loca.
¿Por mí? ¿Será verdad eso de que le importo tanto? Tantas preguntas taladran mi
cabeza poco a poco.
-Un castigo contigo, venga, -ríe intentando esquivar su lado
sensible. –no debe ser tan malo.
-Por supuesto que no. –me muerdo el labio.
-Estás irresistible cuando haces eso. –coloca su dedo índice
sobre mi labio inferior y luego lo desliza hacia abajo. Sonrío
inconscientemente. –Y cuando haces eso también.
-Debemos ir a clase. –susurro.
-Joder. –murmura.
Camino directa a subir las escaleras y antes de poner mi pie
sobre el primer escalón una mano en mi hombro me impide continuar.
-¿Carrera? –pregunta Justin sobre mi oído.
Resulta tentador cada vez que hace eso. De nuevo esas
reacciones en mi cuerpo que sólo él produce. Afirmo con la cabeza.
-Una, dos… -exclamamos al unísono. -¡tres!
Corro apoyándome de vez en cuando en la pared para coger más
velocidad. Mi falda baila a un ritmo incontrolable y no temo por ello. Con una
sonrisa fija en mi cara llego hasta la puerta de la clase. Justin llega
a los pocos segundos después de mí. Descanso mi espalda en la pared mientras me
observa sin decir palabra y mi pecho sube y baja con rapidez.
-Creo que no se te da bien jugar a esto conmigo. –río.
-No me retes a nada, bicho. No me gusta perder.
-¿Ah, no? Ya lo has hecho dos veces conmigo.
-No, pero me gusta ver esa cara que pones. Pareces una niña
pequeña cuando le dan un caramelo.
-¿De verdad? –abro la boca sorprendida.
-Sí. Ahora usa esa inocencia para entrar. –guiña un ojo.
-Odio que me mandes hacer algo. –reniego.
-Nunca te he mandado nada.
-Ahora sí.
-Bicho, ya sabes la manía que me tienen a mí todos los
profesores, por eso será mejor que lo hagas tú.
Con cara de pocos amigos doy varios toques a la puerta y
abro asomando mi cabeza por un pequeño hueco.
-¿Podemos pasar? –pregunto con una voz angelical.
-Adelante. –contesta la profesora acomodándose en la silla.
Camino con la cabeza agachada y mi mirada centrada en el
suelo mientras Justin me sigue. Puedo notar como el ambiente comienza a arder
de envidia. El silencio se apodera de la situación y al fin me siento en mi
lugar. La profesora retoma la explicación.
-Ts. –me llama por lo bajito Vanessa. -¿Qué hacías con él?
-El castigo. –me encojo de hombros.
-¿Qué castigo? –pregunta con toda la intriga del mundo.
-Cuando nos peleamos, la directora nos…
-Ah, es verdad. –me corta. -¿Y de qué clase de castigo se
trata?
-Tendremos que trabajar juntos en el musical. Como nos
llevamos mal, -miento. –seremos los protagonistas y lo organizaremos todo
ensayando horas extra.
-¿Qué? Júrame eso. –su cara de sorprendida me inquieta.
-Te lo juro. ¿Qué pasa? ¿Tan raro es? –digo mordiendo mis
uñas.
-Sarah te va a matar. Ay, _____ en qué lío te has metido.
-¡Pero si no he hecho nada! –exclamo lo más bajito que
puedo. -¡No es mi culpa que me hayan castigado de esa manera!
-Lo sé, pero no sabes cómo es Sarah. Le quitas el papel de
protagonista y además Justin actuará contigo. Estás muerta. –ríe.
-No me da miedo la zorra esa. –me uno a las risas.
Al instante un golpe resuena en mi mesa a unos pocos
centímetros de mí. La mano de la profesora ha provocado todo ese ruido.
-¿Qué os hace tanta risa, señoritas? –pregunta con los ojos
abiertos a más no poder.
-Nada. –responde Vanessa con un tono borde.
-Lo sentimos. –añado.
-Si pensáis seguir molestando ahí está la puerta. Bueno , usted
la conoce bien. –dice apuntando hacia mí con su dedo índice.
-No te pases. –reconozco su voz. Justin actúa. Todos se
sorprenden y mis mejillas comienzan a arder de calor.
-Bieber, ¿todavía no le han enseñado a no meterse en lo que
no le importa?
Me giro para contemplar su cara. Sé perfectamente que por
dentro está ardiendo también, pero de rabia. Observo cómo no aparta su mirada
de la profesora y mantiene quieta su mandíbula.
-Deberías medir tus palabras. –murmura Justin.
-A mí me habla con respeto o sale expulsado de nuevo. –hace
una breve pausa intentando captar la atención de los demás. –Continuemos con la
explicación.
Todo muy aburrido. Tras unas largas horas por fin es la hora
de salir, pero no soy libre todavía, el castigo anda jodiendo mi libertad.
Deposito algunos libros en mi taquilla y
me despido de Vanessa.
-Hasta mañana. –me planta un beso en la mejilla. –Y suerte
con el castigo.
-Gracias por los ánimos. –río.
Poco a poco el pasillo parece agrandarse debido a la gente
que lo abandona. Si en este momento hablo en alto el eco estaría presente. Saco
el móvil de mi bolsillo y tras desbloquear la pantalla decido enviarle un
mensaje a Justin.
Para: Estúpido.
Te recuerdo que estamos castigados, no desaparezcas.
Abro mi taquilla de nuevo e intento ordenar un poco aquello.
Mi móvil vibra en mi pantalón.
De: Estúpido.
No he desaparecido. Estoy detrás de ti.
Para: Estúpido.
Idiota. No cuela.
Cuando sus manos cubren mis ojos se me para el mundo. Y sé
que es él. Mi estómago se revoluciona. Suspiro y sonrío casi al instante.
-¿Cómo que no cuela? –susurra en mi oído.
No, Justin, ahí no. Escucho su respiración chocar contra mi
piel. Puedo imaginar sus carnosos labios cerca de mí. Mis piernas comienzan a
desestabilizarse a medida que besa mi cuello despacio. Besos húmedos. Besos que
puedo sentir sin mi boca.
-Sé que es la zona prohibida. –dice y continúa dejando
rastro en mi piel.
Parece que me lea la mente. Muerdo el
interior de mi mejilla intentando contenerme. Justin, ¿cómo lo haces? Al
instante aparta sus manos permitiendo que vea cómo no queda nadie aquí. Sólo
estamos él y yo. Me giro colocándome justo enfrente suya.
-¿Dónde está el salón de actos? –le pregunto.
-¿Estás de broma, bicho? ¿Qué importa ahora? Estamos tú y yo
solos aquí. –me acerca cogiéndome por la cintura.
-Justin, no…
Me calla con un beso. Su lengua atraviesa toda mi boca en un
tiempo récord. La mía traviesa juguetea un poco también. Mientras no despegamos
nuestras bocas camina pegándome contra las taquillas provocando un enorme
ruido.
-Justin, qué bruto eres.
Ríe en mi boca y me aparto lo más mínimo.
-Nos van a escuchar. –susurro.
-No importa. –ríe otra vez.
-Sí importa, nos castigarán otra vez.
-Mejor. Si es contigo no cuenta.
-Pues ahora mismo deberíamos de cumplir con el castigo. Los
dos. –recalco.
-Te gusta joder los buenos momentos, eh. –suspira.
-No, pueden haber mejores momentos, pero ahora mismo no.
Vamos.
-Vale, señorita. A sus órdenes.
Tira de mi mano. Recorremos juntos los vacíos pasillos de la universidad. Si
caminara sola por aquí estaría muerta de miedo.
-Es ahí. –señala. –Al fondo a la derecha.
En un minuto llegamos. Entramos por la gran puerta de madera
y una vez dentro logro ver a la directora a unos pocos metros de nosotros.
Nunca había estado aquí. Es más grande de lo que esperaba. El escenario está
cubierto por dos grandes y amplias cortinas rojas. Al centro luce bien una
larga y estrecha pasarela. Hay poca luz, lo que le da un aspecto un tanto
siniestro.
Los dos nos quedamos parados contemplando lo que tenemos
delante. No sé porqué pero esto me trae buenas sensaciones.
-¿Pensáis quedaros ahí quietos todo el día? –interrumpe la
señora directora.
Justin me hace un gesto con la cabeza para que lo siga y nos
aproximamos a ella. Observo como Justin pone sus manos en los bolsillos de su
pantalón.
-Aquí tenéis letras de canciones. Encargaros de hacer el resto. Feliz castigo.
Abandona la sala y cierra la puerta a continuación. Nos
encontramos solos de nuevo.
-¿Por dónde empezamos? –rompo el incómodo silencio.
-¿Eso va con doble sentido?
-No, idiota. –le sonrío.
Me siento en una butaca a ojear los papeles apoyando mis
pies en el respaldo de otra. Puedo notar como Justin me mira confuso. Localizo
un par de frases que me gustan y se quedan grabadas en mi mente al segundo.
Tengo bastante facilidad para estas cosas.
-Déjame ver. –dice Justin quitándome la hoja de la mano.
A continuación se sienta a mi lado. -¿Quién ha
compuesto esto?
-No tengo ni la más mínima idea. –murmuro.
-Seguro que yo lo haría mejor. –suspira y arruga el papel al
instante.
-¿Qué haces? –digo agitando mis manos hacia arriba. -¿Qué te
pasa por la cabeza? Estás loco.
-Yo compondré las canciones. –lanza al aire la ahora bola de
papel como si tratara de meter canasta en una cancha de baloncesto.
-Estás loco. –repito. –Ni siquiera has visto de qué trata.
-Pero lo imagino. –me mira elevando una ceja.
-¿De qué?
-De amor. Siempre es lo mismo. –observo cómo pasa la lengua
por el contorno de sus labios.
-¿Acaso tú sabes lo que es eso? –hago una mueca divertida.
-Estoy aprendiendo a conocer su significado.
No me da tiempo a reaccionar ante sus palabras y sus labios
ya están pegados a los míos. Me aproximo un poco más hacia él acortando la
distancia entre nuestros cuerpos y mis manos acarician su dulce mejilla.
Presiono mi lengua fuertemente contra la suya subiendo al cielo ida y vuelta.
Me adentro en el mar de las sensaciones y me hago amiga de cada parte de su
boca. Escapo del mundo de nuevo y cuando me doy cuenta de la realidad estoy
sentada sobre su regazo. Sus brazos envuelven mi cintura y los míos su cuello.
-Eres buena besando. –se muerde el labio. –Más de lo que
crees.
Decido hablar por la vía rápida. Mi lengua entra en su boca
desesperadamente. El jodido acepta con toda la perfección del mundo. Creo que
le gusta. Y a mí. Básicamente, aunque a veces me ponga de los nervios me gusta
todo de él. Es oficial.
Me regala una sonrisa y abrimos los ojos a la vez. Es algo mágico. Cojo
una bocanada de aire antes de que vuelva a trasmitirme un poco de su saliva.
Sabe a libertad, a subir al último piso del edificio más alto de Nueva York.
Sabe a rebeldía, a agua salada. De nuevo
algo que no sabría definir corre libremente por mi interior pidiéndome más de
él. Estiro de su pelo delicadamente y abre más la boca permitiendo más espacio
para que entre en nuestro apetecible rincón de batallas. Luchamos a dominar el
territorio del otro y al fin acaba apoderándose de mi labio estirándolo con
dulzura. Y repite este tentador paso. Sonrío instintivamente y mis ojos
penetran en los suyos color miel.
-Siento decirte que… -hago una mueca con mis labios. –tenemos
que trabajar.
-Pero habías dicho… -con mi mano derecha cubriendo su boca
lo callo.
-Olvida lo que dije, ¿vale?
-Odio que no me dejes acabar de hablar. –rodea sus ojos.
-Bueno, yo te odio a ti y no pasa nada. –bromeo.
-Sí pasa, que mientes y ni tú misma te crees la mentira.
–lame sus labios.
-Bah, sé perfectamente lo que digo.
-También que me traes loco, ¿verdad? –dice plantándome un
inesperado beso cerca de mis labios. –Ven. –me levanta cogiéndome por la
cintura. -Quiero enseñarte algo.
Cogiendo de mi mano me lleva débilmente hacia detrás del
gran telón rojo tras subir unas diminutas escaleras. El escenario está oscuro y
apenas puedo distinguir nada.
-Espera. –susurra.
Escucho sus pasos alejarse de mí mientras me quedo como una
estatua quieta con los pies clavados en el suelo. Continúo sin ver nada. Todo es negro. A los pocos segundos una
melodía suena a unos pocos metros de mí hasta llegar a mis sensibles oídos.
Camino instintivamente para sentirla más de cerca. Suena genial. Miles de
sensaciones desconocidas se reunen en mi estómago. El sonido del piano guía mis
pasos. Sí, se trata de ese instrumento y creo que sé quién lo toca de esa
manera tan especial.
-¿Justin?
Al instante todo se ilumina. Centenares de lucecitas brillan
en el techo y observo donde me encuentro. El parqué tiene un resplandor que no
había visto nunca y el telón cobra un color más intenso. Pero todas las
sensaciones se magnifican cuando lo veo sentado en una banqueta deslizando sus
largos dedos por las teclas de un impresionante piano negro. Van al compás. No se inmuta y
sigue tocando. Nunca lo había visto tan concentrado en algo. Su vista sigue
clavada en esas teclas y cierro un segundo los ojos sintiendo en mi interior a
lo que yo llamo magia. Sí, creo en la magia y creo que este chico la está
haciendo ahora mismo. ¿Quién lo diría? ¿Dónde está el ''Justin Bieber'' prepotente? Si parece un ángel a punto de echar a volar.
La melodía se detiene y aplaudo mientras me acerco a él.
-Increíble. –susurro colocándome justo enfrente.
-Gracias. –sonríe mostrando su perfectos dientes blancos.
-No sabía que… -trago saliva. –bueno… que tocabas tan bien.
-Tranquila, nadie lo sabe.
-¿Nadie sabe que tocas el piano? –pregunto sorprendida.
-Mi madre y ahora tú. –moja los labios con su lengua.
-No entiendo porqué te empeñas en ocultarlo.
-Simplemente es algo que me gusta, como fumar, correr con mi
moto…
-No, es algo mejor y estoy segura de que no puedes comparar
lo que sientes tocando con… -alzo mis manos. -¡fumar! Vaya comparación.
-Soy Justin Bieber. –ríe. –Soy así.
-¿Y Justin Bieber no tiene corazón? Estoy segura de que sí,
pero no le gusta mostrarlo.
-Bicho, -dice levantándose y a continuación camina hacia mí.
–no puedes entenderlo.
-De verdad que no. –me burlo. -¿Cómo aprendiste? –digo
señalando con mi dedo índice hacia el piano.
-Ah, bueno, no recibí clases, aprendí observando. –fija su
mirada en el suelo y se rasca la nuca.
-Entonces eres todo un genio. –río. –Enserio, lo haces genial.
¿Nunca has pensado tocar frente a un público?
|Narra Justin|
–Enserio, lo haces genial. ¿Nunca has pensado tocar frente a un
público? –me pregunta algo tímida echando tras su oreja un mechón de pelo.
-No. –contesto seco.
Sólo la idea me aterroriza, además, ¿para qué querría yo que
la gente me viera? Valgo para lo que soy, un adolescente que vive la vida sin
preocupaciones. Y cuando surge algún problema me refugio en el tabaco y en el
alcohol. Fácil. Es lo que me gusta, lo que he hecho desde que tengo uso de consciencia.
Vivir la vida, a veces al límite. Pero es que luego te miro a esos ojos y sé
que algo no anda bien, que quizás este modo de vida no es el adecuado y existan
cosas mejores. Como por ejemplo tu sonrisa. Ella fue la que me cuidó aquella
noche de desfase. Mi salvadora en ese momento. Y yo me tengo que comportar como
un capullo a veces contigo, lo sé. Pero me cuesta asimilar esta situación, que
te estés apoderando poco a poco de mis ideas, de eso que dices que tengo pero
que oculto, de mi corazón. Qué cursi suena, la metamorfosis sigue en pie.
Agachando la cabeza me dirijo hacia ella.
-¿Quieres que vayamos a tomar algo? Tengo hambre.
-Justin, ¿y todo esto qué? –apoya una mano en su cintura.
-Olvida ya el maldito castigo.
-Mmm… ahora me tendrás que decir tú lo que tengo que hacer…
-No, nena. –me acerco a ella y le robo un beso rápido. –¿No
escuchas mi barriga? Ruge mucho. –digo colocando mi labio superior en el
inferior en un intento de dar ''pena''.
-Está bien. –suspira y después una sonrisa traviesa escapa
de su boca. –Yo también me muero de hambre.
Salimos de la sala dejando todo impecable y ordenado como
estaba antes de que llegáramos. Se me hace raro caminar por los pasillos vacíos
y… con ella a mi lado. Al fin bajamos por las escaleras que más odio, las de la
universidad, huyendo de este infierno. Aunque tengo que decir que desde que
está ella me gusta más y su presencia me alegra los días de rutina. Entramos a
una de mis cafeterías favoritas, Café Paillard. Aquí suelo reunirme a veces con
Ryan cuando no acudimos a clases y cuando no quedo con alguna chica para lo de
siempre.
-Hey, Justin. –me saluda John, levantando su mano para
captar mi atención.
-Buenas tardes, man. –respondo.
John es el jefe del local, un tipo de unos 50 años pero simpático
con todos sus clientes, y conmigo más. Siempre que planto un pie en este suelo
se alegra de verme. Además, tiene una hija que te quita el aliento con su
cuerpo. Por cierto, me la tiré un día que John estuvo enfermo y ella se tuvo
que encargar de cerrar la
cafetería. Y la cerró, pero antes hicimos maravillas en el
almacén. El morbo se apoderó de la situación y lo hicimos unas 3 veces
seguidas.
Desconecto mis pensamientos. _____ y yo compartimos una
mirada y en un segundo todo el mundo gira en torno a nosotros. Nos sentamos
cara a cara en una de las mesas al lado de un gran cristal que permite todas
las vistas al exterior. Apoyo mis codos sobre la mesa y coloco las manos a ambos lados de mi cara.
-Hace un buen día, eh. –digo lo primero que se me pasa por
la cabeza.
-Sí. –afirma moviendo su cabeza.
-¿Puedo preguntarte algo, bicho?
-Si retiras lo último sí. –sonríe debilitando mi estómago.
-¿El qué? –me hago el tonto, y es que me gusta las caras que
pone cuando lo hago.
-Lo de… -hace una mueca divertida. –bicho.
-Mmm… -finjo pensar centrando mi vista en el techo del
local. –está bien. Lo retiro.
-Oh, perfecto. Dime. –se encoge de hombros.
-¿De verdad que no has besado a ningún chico? –pone cara de
sorpresa. No esperaba esto. –Exceptuándome a mí, por supuesto.
-Si te lo dije es porque es así.
-¿Y por qué? –ahora coloco mis manos sobre mi regazo.
-Porque quizás para ti sea lo normal, pero para mi no. Somos
muy diferentes, Justin. Y pensamos muy diferente también.
-Entonces… ¿por qué a mí sí me besaste? –se pone nerviosa
ante mi pregunta y lo perciben mis brillantes ojos.
-Pero bueno, ¿qué clase de interrogatorio es este? –ríe. –Ahora me toca preguntar a mí.
-Hecho. –le cedo la palabra.
-¿Qué es lo que quieres de mí?
Sus pupilas se clavan en las mías. Me muerdo el interior de
mi mejilla controlándome a mí mismo. Ahora el que está nervioso también soy yo.
Rasco mi nuca mientras me adentro en lo más profundo de mí encontrando una
respuesta. Y la
encuentro. Pero me mata admitir que me vuelve loco, que cada
segundo que pasa me gusta más y que con ella no me siento ''Justin Bieber''. Con
ella me siento yo mismo. El que oculto dentro, el que no encuentra ni una
maldita salida en la oscuridad. ¿Cómo puedo explicarte lo que estoy sintiendo
por ti? Y todavía me preguntas que qué es lo que quiero. Pues te quiero a ti,
simplemente. Pero algo me impide dar un paso más, subirme al vagón de tu tren.
En ese momento una camarera nos ofrece una carta de comidas.
-Oh, yo ya sé lo que pedir. Tomaré una hamburguesa con queso
y mucho pepinillo, por favor. –digo sin apenas observar la carta.
-De acuerdo caballero. –me sonríe anotando lo que acabo de
pedir. -¿Y usted? –mira a _____.
-Bueno… pediré lo mismo. Pero sin pepinillo. –dice
amablemente.
-Muy bien. ¿Y de bebida? –me mira de nuevo la camarera.
-¿Dos Coca-Cola’s? –pregunto a _____. Afirma con la cabeza. –Dos
Coca-Cola’s para nosotros. –me dirijo esta vez a la camarera.
-Perfecto. –esconde el bolígrafo en un bolsillo de su
camiseta y se aleja de inmediato.
Observo cómo camina y va directa a otra mesa. Mis ojos se
abren al instante como si hubiera visto a un fantasma o a cualquier ser
sobrenatural. La chica rubia a la que está atendiendo es Sarah. Y yo me
encuentro esperando a tomar algo con _____. Nosotros dos. Solos. La sangre
comienza a hervir por mis venas.
-¿Qué pasa, Justin? –pregunta _____ preocupada.
-Nada. –contesto sin apartar mi mirada de Sarah.
-Estás mintiendo. Al menos podrías mirarme a los ojos. –le hago
caso.
-No pasa nada, -murmuro. -es sólo que… -alguien me
interrumpe.
-Vaya, vaya, vaya… -reconozco esa voz acompañada del ruido
de unos tacones. –No esperaba encontrarme a vosotros dos aquí. –ríe malévolamente.
-Sarah. –susurro con rabia. –No te importa.
-Claro que sí, no me habías contado que quedabas con… -hace
una pausa. –esto.
-Métete en tus asuntos. –amenazo.
-¿No me invitáis a un café? Me encantaría haceros compañía. –vuelve
a reír.
-¿No ves que no? Vete. –entrecierro los ojos con furia.
-No me voy a ir, Bieber. Me debes algo. –se muerde el labio
provocando.
-Lo que debo es dejarte sola, como mereces. Vamos, _____. Vámonos.
Tiro de _____ agarrándola por la muñeca apretando fuerte.
Quizás descargando la rabia contenida en ella. Salimos los más rápido posible
de allí despidiéndome de John y anulando la comida que con ansias esperaba.
-¿Me puedes soltar ya? Me haces daño. –exclama.
Y eso hago. La suelto y llevo las manos a mi cabeza.
RT AQUÍ SI HAS LEÍDO ESTE CAPÍTULO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario