Tu rastro.

lunes, 30 de junio de 2014

''Improbable Dirección'' Capítulo 51.


|Narra _____|

Terminé. Cierro el libro y lo coloco entre mis piernas. No soy fanática de la sensación de vacío que se siente al acabar una bonita historia entre líneas, al contrario, detesto ese nudo en el estómago y necesito una buena dosis de mimos.

Puedo resumirme, aún sigo siendo una rata de biblioteca como decía mamá.

Llevo puestos unos pantalones cortos color caqui y una blusa de media manga blanca. Sí, he cambiado un poco mi forma de vestir. Con el paso del tiempo he aprendido a liberarme un poco de esos viejos jerséis que me proporcionaban un calor poco agradable, ahora al menos dejo a mi piel transpirar lo suficiente.

Me acerco más a la ventana, dejando mis desnudas piernas caer. Una ligera brisa de aire acaricia mis mejillas. A papá no le gusta este pequeño rincón al que me escapo a leer o a escuchar música, pero es que aquí me siento segura. Creo que existe un porqué. Las vistas no son las más espectaculares, no se ve París, ni mucho menos Roma, ni ese parque tan bonito repleto de flores al que iba a pasear, pero desde aquí veo dónde comenzó todo. Una valla de un color blanquecino bordea todo el jardín. Unas cuantas piedras llevan de camino hacia la entrada. Cierro los ojos, percibiendo el aroma de algunas flores que también quieren lucir bien en verano y cuando los abro me percato de que están empapados de agua. Las emociones me conmueven, este lugar es mágico. Entrar por esa puerta de ahí, cambió mi vida.

Ya son 4 los meses que conozco a Justin. Ha pasado el tiempo demasiado deprisa. Si existiera un medidor de la felicidad me situaría en un 9 sobre 10. Nunca he sido tan feliz como lo soy ahora. Por fin mi diario puede ver los rayos de Sol, los que antes se escondían tras una nube cargada de lluvia y tormenta. Y eso que ha llovido, pero para términos que inventamos nosotros… Ha llovido de amor. Cada día llueve más entre nosotros.

Estoy enamorada de un chico un poco más alto que yo, de ojos color miel que cuando brillan son más preciosos todavía, pelo rubio castaño, labios carnosos y es dueño de la sonrisa más bonita que he visto jamás. Hablo de él, mi novio. Al principio fue extraño escuchar eso de ''_____, tu novio…'' pero mis oídos ya lo han asimilado y la comisura de mis labios se ensancha cada vez que una frase contiene esas palabras.

Todo el mundo lo sabe ya. Mi relación y la de Justin la conoce toda la universidad. Algunos hablan de ella en el campus, otros la critican, la mayoría de chicas la envidian, y también me han llegado rumores de que ciertos chicos le envidian a él por estar conmigo. Por raro que parezca, ahora soy una especie de Beyoncé en la universidad. Mi sex appeal ha aumentado desde aquel día en el que Justin confesó  su amor por mí delante de todos los aficionados que esperaban ansiosos ver un partido del equipo que les representa. Ah, y también ha influido mi cambio de estilismo. ¿Quién me lo iba a decir a mí? Aún sigo flipando.

Y él… Justin continúa tan guapo como siempre. Bueno, me atrevería a decir que ahora incluso está más guapo. Los rayos de Sol que aparecen tímidos por las mañanas han hecho su piel más morena y permite resaltar sus ojos todavía más. Pero quizás estoy hablando desde la más profunda subjetividad… No lo puedo evitar, creo que nadie le ve con mejores ojos que los míos. También está un poquito más alto, y yo tengo que ponerme de puntillas en más de una ocasión para rozar sus labios.

Y, bueno, a pesar de unas cuantos piques tontos típicos en todas las relaciones del mundo sabemos sobrellevar lo nuestro perfectamente. No nos importa la gente, ni los comentarios, nos centramos en nosotros. Aunque eso sí, ni Pattie ni mi padre saben nada todavía. Hemos preferido jugar al escondite en casa y reservarnos para más adelante. 

El curso está acabando, y eso conlleva a que se encuentra cada vez más cerca el musical que protagonizamos. Ahora resulta más difícil ensayar, la mayoría de veces no me puedo concentrar sabiendo que Justin tiene sus ojos fijados en mí. Es como si me incomodara y me agradara a la vez. Los ensayos los llevamos al día, estamos trabajando duro y los compañeros que trabajan con nosotros nos felicitan por ello. Dicen que vamos a hacer un gran musical.

Es como si ahora todo funcionara a la perfección en mi vida. Como si todas las historias bonitas que inventaba en mi mente cada noche las estuviera viviendo. Soy feliz. Sí, lo soy. Se puede afirmar que _____ Blair es muy feliz.

|Narra Justin|

Salgo de la ducha, me seco rápidamente y me pongo cómodo en un chándal azul marino de Adidas. Me peino lo mínimo el cabello, que acaba tan revuelto como empapado. Es decir, la pereza me susurra al oído que no me haga una cresta de las mías. Además, sé que a _____ le encanta verme con estas pintas.

Subo las escaleras directo a la buhardilla. La localizo enseguida, sabía que la encontraría aquí. Está sentada en un rincón, con un libro apoyado sobre sus muslos, sus piernas cayendo ligeramente  y está mirando al frente como si observara una de las maravillas del mundo. Sus peculiaridades me atraen más a ella.

Me acerco despacio intentando que no note mi presencia. Cuando la tengo a unos centímetros de mí empieza a bombear más fuerte mi corazón, el paso del tiempo continúa con este misterio que me deja sin habla. Y es que cada día siento que la necesito más, que estoy enamorado y no existe un medidor que comprenda todo lo que siento por ella.

Me siento colocándome tras su espalda, angustiado en mi propia respiración, y alargo mis piernas a ambos lados de su cuerpo.

-Hola Justin, sé que amas darme sustos de muerte.

Puedo percibir su sonrisa.

-Mis intentos de ''sorpresa, aquí estoy'' acaban en sustos de muerte… Qué mal.
-No hay nada mal en ti, no te resientas. –se gira y estampa sus labios contra los míos regalándome un beso corto y delicado.
-¿Qué andabas buscando por aquí? –pregunto, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura. Ella se echa lo mínimo hacia atrás, apoyando su cabeza entre mi pecho y mi hombro.
-Todo lo que buscaba ya lo he encontrado, solo venía aquí a reflexionar un poco y a acabar este magnífico libro. –dice señalando el objeto situado en sus piernas.
-Hmmm… Nunca entenderé cómo te gusta tanto la lectura.
-Las cosas más bonitas de la vida no se entienden, ni los mejores placeres son capaces de ser definidos. Como por ejemplo, el leer un buen libro. –suspira.
-Como por ejemplo, el amor. –añado yo.

Se ríe. Seguro que le ha resultado gracioso. Las mujeres son así, decimos algo bonito y no saben cómo reaccionar ante ello.

-¿El amor? –vuelve a girarse, observando mi rostro. Yo afirmo con la cabeza. –El amor también es de las cosas más bonitas del universo y tampoco se puede describir. –sonríe. -¿O tú sabes describirlo? –yo me limito a arrugar la nariz y a pestañear varias veces debido a que su pregunta me pilla de improviso.
-Un año atrás quizás sí sabría hacerlo, por tanto, no tenía una mínima idea de lo que era. Ahora mismo no sé definirlo y tú eres la responsable. –hago una pequeña pausa. -Entonces, tienes razón.
-Me encanta observarte mientras hablas. –dice apartando el libro y girándose completamente, permitiendo estar cara a cara. –De verdad.
-Si habláramos de cada cosa que me encanta de ti, sería una conversación muy larga. Así que empecemos con los besos. –la atraigo hacia mí y acerco mi boca a la suya.
-Muy rápido vas tú. –se aparta lo mínimo, haciendo que aumenten mis ganas de recortar los centímetros entre nosotros. –Frena, campeón. No está mal que nos digamos cosas bonitas.
-Ya lo sé, pero es que acabo de venir de correr y estoy hambriento.
-¿Hambriento? –pregunta elevando su fina ceja.
-Sí, hambriento de ti. –respondo rápido.
-Me tienes ganada, te odio.

Son sus últimas palabras antes de lanzarme a su boca. Comienzo a devorarla como si me fuera la vida en ello. Nos besamos como nunca y como siempre. Y es que nunca acaba ese cosquilleo repentino. No conseguimos matar esas ganas que nos tenemos. Ni a besos. Ni a mordiscos.

Sus manos masajean rápidas mi cabello a la vez que nuestras lenguas se mueven a grandes velocidades. Hoy no es día de ir despacio. Tengo ganas de ella. Llevo mi mano a su nuca y presiono más su boca contra la mía. Siento el beso.

-Eres un bruto. –murmura haciéndose la enfadada.
-No digas eso, que me pones a mil.

No le dejo contestar y acabo en su boca. Acaricio su labio superior con mi lengua y me mira sensual. Joder, es demasiado. Mucho para mí. Después me detengo a morder el inferior y bajo hacia su barbilla, clavando mis dientes. Ella suspira bajito. Sé que le gusta. Sé que a mí me gusta aún más.

-Bruto. –repite.
-Provocadora.

Examino su rostro y echo su pelo hacia un lado. Examino su cuello con la vista y después deslizo mi pulgar por ahí. Ella se retuerce y eleva su barbilla. Paso mis labios por su piel, sintiéndome el rey del mundo. No hay placer más eléctrico que rozarla. Comienzo a besar su cuello, sin prisa, pero con ansia. Ella masajea mi nuca con sus finos dedos. Beso delicadamente su clavícula y planto mi boca a unos pocos centímetros de la suya. Nuestros labios casi rozándose.

-Te quiero. –susurro bajito.
-Yo también te quiero, Justin.

Entonces es ella la que se abalanza a mis labios. Me besa despacio de esa manera dulce que tanto la caracteriza. Es… increíble. Y otro beso que me corta la respiración, que me paraliza. Acaricio su muslo con mi mano. También acaricio su lengua en otro beso. Y es que estas batallas son mis favoritas.

|Narra ______|

Minutos más tarde nos encontramos en la cocina. Papá y Pattie se han ido de escapada romántica a un restaurante bastante caro, según me ha contado mi padre. Nos dejan solos, idea que nos agrada demasiado a Justin y a mí. Ellos aún no saben nada de lo nuestro, quizás por eso confían en dejarnos al cargo de la casa cuando realmente lo único que hacemos es matarnos a besos y más besos. Y eso, me encanta.

Abro la nevera y cojo una botella de cristal con agua fría, como a mí me gusta. Saco un vaso de plástico y lo lleno. Bebo y la sustancia recorre mi garganta refrescándola. Recojo con mi lengua las pequeñas gotitas que decoran mis labios y dejo el vaso en la pila.

-Nena –doy media vuelta para observar a Justin con un delantal atado a su cuello y a su cintura. -, ¿qué te parece?

Mi primera reacción es estallar en risas, jamás imaginé verlo así. Después, eleva una ceja observándome y me subo a la encimera de un salto.

-¿Qué pasa? –pregunta llevándose una mano a la cintura.
-Que no esperaba ver a mi novio así vestido. –contesto risueña.

Entonces se acerca con esa sonrisa curvada.

-Esto es para ti. –me ofrece un gorro blanco alargado. –Venga, póntelo.

Me quedo mirando el objeto arrugando la frente. Después alzo la vista chocándome con los ojos de Justin.

-¿Enserio?
-Enserio.

Me lo quita de las manos y es él mismo quien coloca el gorro blanco en mi cabeza. Me sorprende que sea tan perfeccionista dejándolo a la altura exacta y sin que ningún pelo travieso se escape por debajo de él. Se aleja un poco, mirándome de arriba abajo, inspeccionándome como si fuera un experimento que él mismo ha creado, y segundos más tarde vuelve a acercarse. Apoya ambas manos en mis muslos.

-Estás perfecta. –añade. –Creo que no podía haber escogido una mejor ayudante en la cocina.
-No sabes lo que dices, yo soy pésima en esto. –digo negando con mi cabeza de un lado a otro.
-¿Por qué dices eso? –Justin arruga su frente.
-Porque se me da mal cocinar, es decir, me gusta pero lo hago horrible.

Él se detiene a reír y me toma de la barbilla. Empiezo a temblar por dentro ante tanta proximidad.

-Seguro que no es como dices. Al menos obsérvame.-eleva mi barbilla para mirarle directamente a los ojos. Noto su aliento cerca. -¿Te gusta el chocolate?
-¿Tú qué crees, Justin?
-Yo creo que te gusta un poco menos que yo, pero te gusta. –me guiña un ojo y no evita esbozar esa sonrisa tan tierna que se le escapa pocas veces.
-Sigues siendo el chulito que conocí el primer día que llegué. –ahora sonrío yo. Tampoco puedo esconderlo.

Justin acaricia con su pulgar mi barbilla, que todavía continúa envuelta por su delicada mano, y se aproxima rápido. Entonces es mi turno. Me toca actuar. Cierra los ojos unos segundos antes de casi estampar sus labios contra los míos, pero mi dedo índice se cuela entre nosotros, alejándolo.

-No siempre vas a ser tú el que vacile, campeón. –digo en una media sonrisa. Él me mira con cara de cordero degollado, o más bien, con cara de querer morderme el labio hasta que me sangre. –Veamos qué tal se te da la cocina –lo alejo apartándole con el pecho. -, tengo hambre y sí, me encanta el chocolate.

Justin se queda mudo. Juraría que pocas personas pueden presumir de verlo con esta actitud. Él es el típico chulito que vacila a cada tía que pasa por su lado, hasta que llega una y le planta cara de verdad.

-Mira… -por fin murmura palabra. –Tú y yo vamos a jugar a un juego. Yo voy a cocinar lo que quieras, pero tú vas a puntuar el gran chef que llevo dentro -se me escapa una risa. -, y únicamente vas a usar el sentido del gusto.
-No pensaba usar el de la oída para comer. –intento ser graciosa. Y de nuevo su media sonrisa.
-Preséntate a un concurso de chistes, ¿no? –se gira y busca algo entre los cajones. Yo continúo sobre la encimera, meneando mis piernas nerviosas.
-No te burles de mí. Seguro que tendría más éxito que tú como cocinero.
-¿Estás segura de lo que dices, nena? –tiene algo refugiado en su puño. Coloca su mano en mi muslo y la acaricia unas tres veces con éste cerrado. Una corriente de electricidad sacude mi cuerpo. Abre su mano y coge la mía. Es una venda. –Así al menos prevenimos el sentido de la vista, ¿no?
-Estás muy gracioso tú. –comienzo a vendar mis ojos y hago un nudo al final.
-Es un juego divertido, ya lo verás. –puedo percibir su sonrisa. –Bueno, precisamente verlo… Como que no.
-¿No era yo la de los chistes?
-No, tú eres la de los labios irresistibles.

Noto su mano en mi nuca y su boca en la mía. Rápidamente su lengua se adentra en mi boca y yo me niego a seguirle el juego. Le aparto como puedo, aunque él gana unos segundos de más.

-Deja de sobornar al jurado. –escupo.
-Es el jurado el que me provoca a mí, yo solo actúo por impulsos.

Me encojo de hombros y espero impaciente varios minutos que se me hacen horas. Esto de ver negro y nada más no me gusta nada. Pero huele bien y escucho el ruido de metal de cualquier instrumento de cocina que esté manejando Justin. Cierro los ojos, aunque de todas formas no veo nada, e imagino a Justin apañándoselas como sea con tal de curar mi hambre. Cualquier chico no haría eso por mí, exceptuando a papá nadie había cocinado para mí y me encanta que Justin sea el primero una vez más.



RT AQUÍ SI HAS LEÍDO ESTE CAPÍTULO.