|Narra _____|
Terminé. Cierro
el libro y lo coloco entre mis piernas. No soy fanática de la sensación de
vacío que se siente al acabar una bonita historia entre líneas, al contrario,
detesto ese nudo en el estómago y necesito una buena dosis de mimos.
Puedo resumirme,
aún sigo siendo una rata de biblioteca como decía mamá.
Llevo puestos
unos pantalones cortos color caqui y una blusa de media manga blanca. Sí, he
cambiado un poco mi forma de vestir. Con el paso del tiempo he aprendido a
liberarme un poco de esos viejos jerséis que me proporcionaban un calor poco
agradable, ahora al menos dejo a mi piel transpirar lo suficiente.
Me acerco más a
la ventana, dejando mis desnudas piernas caer. Una ligera brisa de aire
acaricia mis mejillas. A papá no le gusta este pequeño rincón al que me escapo
a leer o a escuchar música, pero es que aquí me siento segura. Creo que existe
un porqué. Las vistas no son las más espectaculares, no se ve París, ni mucho
menos Roma, ni ese parque tan bonito repleto de flores al que iba a pasear, pero desde aquí veo dónde comenzó todo. Una valla de un color
blanquecino bordea todo el jardín. Unas cuantas piedras llevan de camino hacia
la entrada. Cierro los ojos, percibiendo el aroma de algunas flores que también
quieren lucir bien en verano y cuando los abro me percato de que están
empapados de agua. Las emociones me conmueven, este lugar es mágico. Entrar por
esa puerta de ahí, cambió mi vida.
Ya son 4 los
meses que conozco a Justin. Ha pasado el tiempo demasiado deprisa. Si existiera
un medidor de la felicidad me situaría en un 9 sobre 10. Nunca he sido tan
feliz como lo soy ahora. Por fin mi diario puede ver los rayos de Sol, los que
antes se escondían tras una nube cargada de lluvia y tormenta. Y eso que ha
llovido, pero para términos que inventamos nosotros… Ha llovido de amor. Cada
día llueve más entre nosotros.
Estoy enamorada
de un chico un poco más alto que yo, de ojos color miel que cuando brillan son
más preciosos todavía, pelo rubio castaño, labios carnosos y es dueño de la
sonrisa más bonita que he visto jamás. Hablo de él, mi novio. Al principio fue
extraño escuchar eso de ''_____, tu novio…'' pero mis oídos ya lo han asimilado
y la comisura de mis labios se ensancha cada vez que una frase contiene esas
palabras.
Todo el mundo lo
sabe ya. Mi relación y la de Justin la conoce toda la universidad. Algunos
hablan de ella en el campus, otros la critican, la mayoría de chicas la
envidian, y también me han llegado rumores de que ciertos chicos le envidian a
él por estar conmigo. Por raro que parezca, ahora soy una especie de Beyoncé en la
universidad. Mi sex appeal ha aumentado desde aquel día en el que Justin
confesó su amor por mí delante de todos
los aficionados que esperaban ansiosos ver un partido del equipo que les
representa. Ah, y también ha influido mi cambio de estilismo. ¿Quién me lo iba
a decir a mí? Aún sigo flipando.
Y él… Justin
continúa tan guapo como siempre. Bueno, me atrevería a decir que ahora incluso
está más guapo. Los rayos de Sol que aparecen tímidos por las mañanas han hecho
su piel más morena y permite resaltar sus ojos todavía más. Pero quizás estoy
hablando desde la más profunda subjetividad… No lo puedo evitar, creo que nadie
le ve con mejores ojos que los míos. También está un poquito más alto, y yo
tengo que ponerme de puntillas en más de una ocasión para rozar sus labios.
Y, bueno, a
pesar de unas cuantos piques tontos típicos en todas las relaciones del mundo
sabemos sobrellevar lo nuestro perfectamente. No nos importa la gente, ni los
comentarios, nos centramos en nosotros. Aunque eso sí, ni Pattie ni mi padre saben nada todavía. Hemos preferido jugar al escondite en casa y reservarnos para más adelante.
El curso está
acabando, y eso conlleva a que se encuentra cada vez más cerca el musical que
protagonizamos. Ahora resulta más difícil ensayar, la mayoría de veces no me
puedo concentrar sabiendo que Justin tiene sus ojos fijados en mí. Es como si
me incomodara y me agradara a la vez. Los ensayos los llevamos al día, estamos
trabajando duro y los compañeros que trabajan con nosotros nos felicitan por
ello. Dicen que vamos a hacer un gran musical.
Es como si ahora
todo funcionara a la perfección en mi vida. Como si todas las historias bonitas
que inventaba en mi mente cada noche las estuviera viviendo. Soy feliz. Sí, lo
soy. Se puede afirmar que _____ Blair es muy feliz.
|Narra Justin|
Salgo de la
ducha, me seco rápidamente y me pongo cómodo en un chándal azul marino de
Adidas. Me peino lo mínimo el cabello, que acaba tan revuelto como empapado. Es
decir, la pereza me susurra al oído que no me haga una cresta de las mías.
Además, sé que a _____ le encanta verme con estas pintas.
Subo las
escaleras directo a la buhardilla. La localizo enseguida, sabía que la
encontraría aquí. Está sentada en un rincón, con un libro apoyado sobre sus
muslos, sus piernas cayendo ligeramente y está mirando al frente como si observara una
de las maravillas del mundo. Sus peculiaridades me atraen más a ella.
Me acerco despacio
intentando que no note mi presencia. Cuando la tengo a unos centímetros de mí
empieza a bombear más fuerte mi corazón, el paso del tiempo continúa con este
misterio que me deja sin habla. Y es que cada día siento que la necesito más,
que estoy enamorado y no existe un medidor que comprenda todo lo que siento por
ella.
Me siento
colocándome tras su espalda, angustiado en mi propia respiración, y alargo mis
piernas a ambos lados de su cuerpo.
-Hola Justin, sé
que amas darme sustos de muerte.
Puedo percibir
su sonrisa.
-Mis intentos de ''sorpresa, aquí estoy'' acaban en sustos de muerte… Qué mal.
-No hay nada mal
en ti, no te resientas. –se gira y estampa sus labios contra los míos
regalándome un beso corto y delicado.
-¿Qué andabas
buscando por aquí? –pregunto, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura.
Ella se echa lo mínimo hacia atrás, apoyando su cabeza entre mi pecho y mi
hombro.
-Todo lo que
buscaba ya lo he encontrado, solo venía aquí a reflexionar un poco y a acabar
este magnífico libro. –dice señalando el objeto situado en sus piernas.
-Hmmm… Nunca
entenderé cómo te gusta tanto la lectura.
-Las cosas más
bonitas de la vida no se entienden, ni los mejores placeres son capaces de ser
definidos. Como por ejemplo, el leer un buen libro. –suspira.
-Como por
ejemplo, el amor. –añado yo.
Se ríe. Seguro
que le ha resultado gracioso. Las mujeres son así, decimos algo bonito y no
saben cómo reaccionar ante ello.
-¿El amor?
–vuelve a girarse, observando mi rostro. Yo afirmo con la cabeza. –El amor
también es de las cosas más bonitas del universo y tampoco se puede describir.
–sonríe. -¿O tú sabes describirlo? –yo me limito a arrugar la nariz y a
pestañear varias veces debido a que su pregunta me pilla de improviso.
-Un año atrás
quizás sí sabría hacerlo, por tanto, no tenía una mínima idea de lo que era. Ahora
mismo no sé definirlo y tú eres la responsable. –hago una pequeña pausa. -Entonces,
tienes razón.
-Me encanta
observarte mientras hablas. –dice apartando el libro y girándose completamente,
permitiendo estar cara a cara. –De verdad.
-Si habláramos
de cada cosa que me encanta de ti, sería una conversación muy larga. Así que
empecemos con los besos. –la atraigo hacia mí y acerco mi boca a la suya.
-Muy rápido vas
tú. –se aparta lo mínimo, haciendo que aumenten mis ganas de recortar los
centímetros entre nosotros. –Frena, campeón. No está mal que nos digamos cosas
bonitas.
-Ya lo sé, pero
es que acabo de venir de correr y estoy hambriento.
-¿Hambriento?
–pregunta elevando su fina ceja.
-Sí, hambriento
de ti. –respondo rápido.
-Me tienes
ganada, te odio.
Son sus últimas
palabras antes de lanzarme a su boca. Comienzo a devorarla como si me fuera la
vida en ello. Nos besamos como nunca y como siempre. Y es que nunca acaba ese
cosquilleo repentino. No conseguimos matar esas ganas que nos tenemos. Ni a
besos. Ni a mordiscos.
Sus manos
masajean rápidas mi cabello a la vez que nuestras lenguas se mueven a grandes
velocidades. Hoy no es día de ir despacio. Tengo ganas de ella. Llevo mi mano a
su nuca y presiono más su boca contra la mía. Siento el beso.
-Eres un bruto.
–murmura haciéndose la enfadada.
-No digas eso,
que me pones a mil.
No le dejo
contestar y acabo en su boca. Acaricio su labio superior con mi lengua y me
mira sensual. Joder, es demasiado. Mucho para mí. Después me detengo a morder
el inferior y bajo hacia su barbilla, clavando mis dientes. Ella suspira
bajito. Sé que le gusta. Sé que a mí me gusta aún más.
-Bruto. –repite.
-Provocadora.
Examino su
rostro y echo su pelo hacia un lado. Examino su cuello con la vista y después
deslizo mi pulgar por ahí. Ella se retuerce y eleva su barbilla. Paso mis
labios por su piel, sintiéndome el rey del mundo. No hay placer más eléctrico
que rozarla. Comienzo a besar su cuello, sin prisa, pero con ansia. Ella
masajea mi nuca con sus finos dedos. Beso delicadamente su clavícula y planto
mi boca a unos pocos centímetros de la suya. Nuestros labios casi rozándose.
-Te quiero.
–susurro bajito.
-Yo también te
quiero, Justin.
Entonces es ella
la que se abalanza a mis labios. Me besa despacio de esa manera dulce que tanto
la caracteriza. Es… increíble. Y otro beso que me corta la respiración, que me
paraliza. Acaricio su muslo con mi mano. También acaricio su lengua en otro
beso. Y es que estas batallas son mis favoritas.
|Narra ______|
Minutos más
tarde nos encontramos en la cocina. Papá y Pattie se han ido de escapada
romántica a un restaurante bastante caro, según me ha contado mi padre. Nos
dejan solos, idea que nos agrada demasiado a Justin y a mí. Ellos aún no saben
nada de lo nuestro, quizás por eso confían en dejarnos al cargo de la casa
cuando realmente lo único que hacemos es matarnos a besos y más besos. Y eso,
me encanta.
Abro la nevera y
cojo una botella de cristal con agua fría, como a mí me gusta. Saco un vaso de
plástico y lo lleno. Bebo y la sustancia recorre mi garganta refrescándola. Recojo
con mi lengua las pequeñas gotitas que decoran mis labios y dejo el vaso en la
pila.
-Nena –doy media
vuelta para observar a Justin con un delantal atado a su cuello y a su cintura.
-, ¿qué te parece?
Mi primera reacción
es estallar en risas, jamás imaginé verlo así. Después, eleva una ceja
observándome y me subo a la encimera de un salto.
-¿Qué pasa?
–pregunta llevándose una mano a la cintura.
-Que no esperaba
ver a mi novio así vestido. –contesto risueña.
Entonces se
acerca con esa sonrisa curvada.
-Esto es para
ti. –me ofrece un gorro blanco alargado. –Venga, póntelo.
Me quedo mirando
el objeto arrugando la frente. Después alzo la vista chocándome con los ojos de
Justin.
-¿Enserio?
-Enserio.
Me lo quita de
las manos y es él mismo quien coloca el gorro blanco en mi cabeza. Me sorprende
que sea tan perfeccionista dejándolo a la altura exacta y sin que ningún pelo
travieso se escape por debajo de él. Se aleja un poco, mirándome de arriba
abajo, inspeccionándome como si fuera un experimento que él mismo ha creado, y
segundos más tarde vuelve a acercarse. Apoya ambas manos en mis muslos.
-Estás perfecta.
–añade. –Creo que no podía haber escogido una mejor ayudante en la cocina.
-No sabes lo que
dices, yo soy pésima en esto. –digo negando con mi cabeza de un lado a otro.
-¿Por qué dices
eso? –Justin arruga su frente.
-Porque se me da
mal cocinar, es decir, me gusta pero lo hago horrible.
Él se detiene a
reír y me toma de la barbilla. Empiezo a temblar por dentro ante tanta
proximidad.
-Seguro que no
es como dices. Al menos obsérvame.-eleva mi barbilla para mirarle directamente
a los ojos. Noto su aliento cerca. -¿Te gusta el chocolate?
-¿Tú qué crees,
Justin?
-Yo creo que te
gusta un poco menos que yo, pero te gusta. –me guiña un ojo y no evita esbozar esa
sonrisa tan tierna que se le escapa pocas veces.
-Sigues siendo
el chulito que conocí el primer día que llegué. –ahora sonrío yo. Tampoco puedo
esconderlo.
Justin acaricia
con su pulgar mi barbilla, que todavía continúa envuelta por su delicada mano, y
se aproxima rápido. Entonces es mi turno. Me toca actuar. Cierra los ojos unos
segundos antes de casi estampar sus labios contra los míos, pero mi dedo índice
se cuela entre nosotros, alejándolo.
-No siempre vas
a ser tú el que vacile, campeón. –digo en una media sonrisa. Él me mira con
cara de cordero degollado, o más bien, con cara de querer morderme el labio
hasta que me sangre. –Veamos qué tal se te da la cocina –lo alejo apartándole
con el pecho. -, tengo hambre y sí, me encanta el chocolate.
Justin se queda
mudo. Juraría que pocas personas pueden presumir de verlo con esta actitud. Él
es el típico chulito que vacila a cada tía que pasa por su lado, hasta que
llega una y le planta cara de verdad.
-Mira… -por fin
murmura palabra. –Tú y yo vamos a jugar a un juego. Yo voy a cocinar lo que
quieras, pero tú vas a puntuar el gran chef que llevo dentro -se me escapa una
risa. -, y únicamente vas a usar el sentido del gusto.
-No pensaba usar
el de la oída para comer. –intento ser graciosa. Y de nuevo su media sonrisa.
-Preséntate a un
concurso de chistes, ¿no? –se gira y busca algo entre los cajones. Yo continúo
sobre la encimera, meneando mis piernas nerviosas.
-No te burles de
mí. Seguro que tendría más éxito que tú como cocinero.
-¿Estás segura
de lo que dices, nena? –tiene algo refugiado en su puño. Coloca su mano en mi
muslo y la acaricia unas tres veces con éste cerrado. Una corriente de
electricidad sacude mi cuerpo. Abre su mano y coge la mía. Es una venda. –Así
al menos prevenimos el sentido de la vista, ¿no?
-Estás muy
gracioso tú. –comienzo a vendar mis ojos y hago un nudo al final.
-Es un juego
divertido, ya lo verás. –puedo percibir su sonrisa. –Bueno, precisamente verlo…
Como que no.
-¿No era yo la
de los chistes?
-No, tú eres la
de los labios irresistibles.
Noto su mano en
mi nuca y su boca en la mía. Rápidamente su lengua se adentra en mi boca y yo
me niego a seguirle el juego. Le aparto como puedo, aunque él gana unos
segundos de más.
-Deja de
sobornar al jurado. –escupo.
-Es el jurado el
que me provoca a mí, yo solo actúo por impulsos.
Me encojo de
hombros y espero impaciente varios minutos que se me hacen horas. Esto de ver
negro y nada más no me gusta nada. Pero huele bien y escucho el ruido de metal
de cualquier instrumento de cocina que esté manejando Justin. Cierro los ojos,
aunque de todas formas no veo nada, e imagino a Justin apañándoselas como sea
con tal de curar mi hambre. Cualquier chico no haría eso por mí, exceptuando a
papá nadie había cocinado para mí y me encanta que Justin sea el primero una
vez más.
RT AQUÍ SI HAS LEÍDO ESTE CAPÍTULO.